El We Tripantu como sanación comunitaria en la Villa Cousiño

El We Tripantu como sanación comunitaria en la Villa Cousiño Imagen referencial (I.A)

La reciente conmemoración del We Tripantu o Año Nuevo Mapuche, en la sala cuna “Tripai Antu” de Villa Cousiño en el sector de Lo Hermida, Peñalolén, en el marco del Día Nacional de los Pueblos Indígenas, funciona como un punto de consolidación de la identidad mapuche urbana en Santiago, la búsqueda de políticas públicas que fomenten la interculturalidad y el papel de las comunidades marginadas en la reconstrucción del tejido social.

 

José Limidoro y Cristián Jofré

 

Con una actividad, que partió a las 10:00 horas en torno a una fogata que reunió a educadoras, vecinos y representantes municipales en un rito ancestral y de “sanación comunitaria”, esta es muy distinta a lo que occidente nos culturizó como Noche de San Juan, aquí se rescata lo multicultural y el respeto por la naturaleza.

El espacio en sí, la sala cuna Tripai Antu -como es reconocido por los mismos vecinos- es un oasis de tranquilidad y contención en mundo difícil, inserto entre construcciones de blocks que más allá de ser una solución habitacional postdictadura, solo reflejan desigualdad, inseguridad y hacinamiento. No obstante, estas celebraciones reúnen a la comunidad y operan como mecanismos de contención emocional en entornos vulnerables. Un ejemplo de esto es el testimonio de Ivonne Chacana, vecina del sector y presidenta de la Junta de Vecinos Peñalolén, quien señaló que la ceremonia le permitió procesar un duelo personal: “Espiritualmente para uno es muy bueno, me sentí en una paz… esto me limpió y me dio fuerza”.

La capital como territorio indígena

Esta celebración en Peñalolén no es un hecho aislado, sino que responde a una realidad demográfica oculta. Según datos del Censo 2024, de los aproximadamente 1,6 millones de personas que se identifican como mapuche en Chile, en Peñalolén 22.967 personas se consideran parte de este pueblo originario, siendo una comuna que históricamente que recibe a esta población en su zona más popular, específicamente en el macroterritorio de Lo Hermida, convirtiéndose en un sitio donde la cultura indígena no solo sobrevive, sino que se reinterpreta en el contexto de la ciudad. A los datos, no hay que confundir proporción de “pertenencia” con cantidad real, de igual modo las cifras muestran una cara del Chile urbano, mientras que Las Condes y Vitacura, el 3,3% y 2,8% respectivamente, demuestran las cifras más pequeñas de la región, Cerro Navia y La Pintana marcan un 15,7% y 15,5% con las más altas, en el caso de Peñalolén un 12,6%.

Este fenómeno de “indigenización urbana” ha modificado la percepción política de los pueblos originarios. Magdalena Chicahual, integrante del Movimiento de Mujeres Mapuche Autoconvocadas, sostiene en sus estudios denominado Mujeres mapuche en la ciudad. Trayectoria de vida y participación política en Santiago de Chile, que recién con el retorno a la democracia estas comunidades comenzaron a ser reconocidas por su raíz étnica y no bajo la categoría genérica de “campesinos”. Es por eso que, durante gran parte del siglo XX, festividades como el We Tripantu fueron invisibilizadas o asimiladas por el santoral católico, específicamente a través de la festividad de San Juan, para ocultar el conocimiento tradicional.

Reconocimiento institucional y cambios educativos

La institucionalización de esta fecha como el Día Nacional de los Pueblos Indígenas, representa un avance en la visibilidad, pero también expone las brechas de la convivencia multicultural. Para la Dra. Sonia Montecino, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, lo que hoy se denomina multiculturalidad suele ser un eufemismo.

Montecino argumenta que el sistema educativo valora que los niños indígenas mantengan su cultura, pero falla en integrar ese conocimiento al resto de la sociedad. “Cuando hablamos de diálogo se trata de un proceso en el que todos aprendemos de todos”, afirma la académica, subrayando la necesidad de que el respeto y la no discriminación sean valores centrales en una sociedad diversa.

En el caso del jardín “Tripai Antu”, este diálogo se intenta materializar desde la educación inicial. Siendo un centro que ha adoptado un sello comunitario donde la ancestralidad y que es parte de la rutina diaria. Curiosamente, hace 12 años el 2014, también en un We Tripantu la sala cuna fue bautizada con este nombre, teniendo una transformación educativa desde la Sala Cuna Tabita, es que como se llamaba antes.

… recién con el retorno a la democracia estas comunidades comenzaron a ser reconocidas por su raíz étnica y no bajo la categoría genérica de “campesinos”. Es por eso que, durante gran parte del siglo XX, festividades como el We Tripantu fueron invisibilizadas o asimiladas por el santoral católico, específicamente a través de la festividad de San Juan, para ocultar el conocimiento tradicional.

 

 

Para Marisol Huaiquifil, lawentüchefe (curandera) que colaboró guiando la ceremonia y también vecina del barrio, destaca que las educadoras realizan meditaciones y estiramientos antes de entrar a trabajar con los niños para “entrar en sintonía”. Esta práctica refuerza la visión de Zenón Alarcón, ex consejero nacional indígena (Arica y Parinacota), quien plantea que la toma de conciencia sobre el valor milenario de estos pueblos debe comenzar en el parvulario.

Con relación a lo anterior, “el sentido de pertenencia desde esta celebración que hacemos anualmente está instalado porque es nuestro sueño, nosotros tratamos que los niños y niñas habitan desde la cultura, desde la ancestralidad, de ritualizar las cosas que hacemos constantemente junto a la familia, para que no sea solo un hecho, si no darles el sentido desde la ancestralidad”, explica Huaquifil.

La ciencia y la espiritualidad del nuevo ciclo

El eje central del We Tripantu es el solsticio de invierno, un evento que la astronomía moderna define como el momento en que el Sol alcanza su punto más bajo en el cielo, resultando en el día más corto del año. Para la cosmovisión mapuche, este hito astronómico marca el inicio del retroceso del invierno y el renacer de la naturaleza.

En la ceremonia de la Villa Cousiño, este conocimiento se tradujo en actos simbólicos: el uso de ramas de canelo, el sonido de las kaskawillas (cascabeles de bronce) y la ofrenda a la Ñuke Mapu (Madre Tierra) acompañada de afafán o gritos de fuerza.

Estos elementos no son meros adornos, sino que representan la entrega de un conocimiento donde el ser humano se reconoce como complemento de su entorno natural. Al finalizar, cada asistente recibió como obsequio un mini kultrún que simboliza la transmisión de saberes entre generaciones y la persistencia de una visión de mundo que prioriza el respeto por los recursos y la observación de los astros.

 

 

“Es un bienestar desde un buen vivir basado en las semillas, basado en la tierra, basado en el cultivo, basado en la naturaleza, basado en los cambios que te entrega astrológicamente la vida.”, explica Doris Guerra.

 

 

La resistencia y la construcción comunitaria

En un sector popular como Lo Hermida, donde el acceso a espacios de educación intercultural no siempre forma parte de la experiencia cotidiana, actividades como el We Tripantu permiten acercar a niños, familias y vecinos a una parte fundamental de la historia e identidad del país. Más que una ceremonia, se transforma en una instancia para reconocer que Chile también se construye desde las culturas originarias y que ese patrimonio sigue vivo en los territorios.

Para Doris Guerra educadora y directora de la Sala Cuna Tripai Antu, esta festividad junto a otras permite reunirse comunitariamente, “nosotros lo realizamos con el sentido que el niño y la niña, y las familias, puedan vivir experiencias desde la base ancestral, desde la conexión espiritual que puede entregar una experiencia educativa basada en la convivencia de la comunidad”.

La directora se refiere a la importancia de encontrarse, mirarse y activar todo lo que tiene que ver con esta energía reparatoria: “es un bienestar desde un buen vivir basado en las semillas, basado en la tierra, basado en el cultivo, basado en la naturaleza, basado en los cambios que te entrega astrológicamente la vida.”, explica.

En un contexto donde la globalización y los modelos de desarrollo tensionan los territorios y formas de vida indígenas en América Latina, la celebración del We Tripantu en entornos urbanos adquiere un significado mayor. Esta ceremonia preserva conocimientos ancestrales y una forma distinta de relacionarse con la naturaleza, invitando a reflexionar sobre el rol de la cultura mapuche en la sociedad chilena contemporánea. Así, al proyectarse desde la ciudad, el encuentro fortalece los vínculos comunitarios y acerca su cosmovisión a las nuevas generaciones que suelen tener poco contacto con estas prácticas.

Esa experiencia quedó reflejada con el testimonio de uno de sus asistentes, Salvador Pérez Alvear, un estudiante de Educación Básica que junto a su madre asistió por primera vez a la actividad: “Uno se siente espiritual”, comentó.

Este tipo de instancias acercan a las personas a una tradición ancestral y abren espacios para reflexionar sobre otras formas de comprender la comunidad, la naturaleza y la identidad.

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