El tono más reposado de José Kast durante su primera cuenta pública, es quizás, lo primero que llamó la atención. Al menos se ha comentado bastante. Pero conociendo lo que hay detrás de la banda presidencial siempre hay que mirar con escepticismo cada acción con lugares, gestos y frases comunes.
Por Ignacio Paz Palma
Por lo pronto, el discurso en sí estuvo cargado de lugares y frases comunes que a estas alturas uno ya espera que emanen del presidente: que estamos en una emergencia, que la reconstrucción, que es responsabilidad del gobierno anterior, que hay que tomar decisiones difíciles, etc.
Insiste en lo mismo, en aquella caricatura de un país destrozado por un cataclismo de proporciones bíblicas. Situación de ficción, por cierto. Ya lo hemos dicho, Chile tiene necesidades y harto por mejorar, pero estamos lejos de esa imagen que se intenta instalar.
La cuenta pública es un espacio para explicar los avances políticos y administrativos. Evidentemente que a poco menos de tres meses es difícil hacer un balance, por lo que el discurso se basó en intensiones y promesas. Al parecer nadie le ha dicho a Kast que la campaña terminó y que es hora de comenzar a trabajar en lo real.
¿Cómo se construye una nación próspera y justa cuando se intenta bajar el impuesto al empresario, pero por otra parte se ahoga la salud y educación pública y se difumina el arte y la cultura?
Sus palabras resultan autocomplacientes, donde claramente su realidad y la de los suyos no es la misma que la del resto del país, aunque insista que Chile se construye entre todos.
De seguridad ni hablar. Anunciando medidas escolares: como el registro de vándalos. “Les negaremos los beneficios sociales a quienes cometan incivilidades “, dijo.
¿Acaso Kast no sabe que muchos de los que llama vándalos lo hacen desde la rabia de haber sido marginados de cualquier beneficio social?
Sin embargo, sus palabras resultan autocomplacientes, donde claramente su realidad y la de los suyos no es la misma que la del resto del país, aunque insista que Chile se construye entre todos.
Pero sabemos que no son todos. Porque mientras ellos imaginan un Chile a su medida, los “todos”, ven como el bolsillo se vacía muchos días antes de fin de mes, tienen que acortar la lista de la feria o supermercado y echan bencina a goteo.
Fue extraño eso de agradecer a la ciudadanía por “la responsabilidad” para enfrentar las medidas “por el bien de Chile”. Respecto al combustible incluso fue más allá: “En otros países eso habría generado un estallido”, manifestó.
Palabras que resonaron como una burla para muchos.
Kast y los suyos se convirtieron en grandes embajadores de ese Chile de “costumbres extrañas y palabras peores”, como lo llamó alguna vez el escritor Luis Sepúlveda. Del país con uno de los índices más altos en desigualdad social, el que desconfía del otro, del que no entiende lo que lee y del que tiene que alimentarse en cuotas. De ese Chile que, a dientes apretados, defiende el modelo manejado por los empresarios nacidos del seno de la dictadura.
Ojo ahí, y seguiré insistiendo en esto hasta el final. Si como ciudadanos no exigimos cordura a quienes elegimos para administrar el país, más que una cuenta pública nos acostumbraremos a una cuenta regresiva donde el concepto de justicia social apenas será un recuerdo de un país retratado en los libros de historia.

