Izzy abre las puertas de su departamento teñido de tonos pastel, un refugio donde la música se toma el espacio. Entre una colección de vinilos y un póster de Víctor Jara, conviven elementos artísticos que parecen resistir a esa marea del mainstream —dictada por el mercado occidental— que suele imponer qué debemos escuchar.
Por Cristián Jofré
La artista, oriunda de San Fabián de Alico y criada en Puente Alto, se planta con firmeza frente al micrófono y una escena que a menudo prioriza las cifras sobre la expresión; para ella, la creación es una trinchera que reivindica y mantiene en alto.
Con apenas 16 años y cursando tercero medio, Isidora Gutiérrez se atrevió a correr la cortina de una intimidad musical que guardaba desde la infancia. Decidió profesionalizar su pasión justo cuando emergía una nueva escena urbana chilena liderada por nombres como Gianluca, Pablo Chill-E y Polimá Westcoast. Entre pistas de YouTube y micrófonos de baja fidelidad, su carrera se fue forjando a pulso, cimentada en la autonomía y el constante ensayo y error.
− Siento que siempre han existido elementos muy propios de mí que surgieron de forma natural; sin embargo, mi proceso se caracteriza por ir construyendo mi sonido, mis letras y mi estética sobre la marcha –Dice.
Al cabo de unos segundos asegura que siempre se ha opuesto a la idea de no mostrar nada hasta que suene perfecto.
− Prefiero la autenticidad del camino.”
Con una mirada joven e ideas claras, Izzy sumerge la conversación en lo emocional.
Explica que sus referentes son Los Prisioneros y que su proceso creativo se asemeja al de ellos en cuanto que prioriza la expresión honesta por sobre el éxito económico o la aspiración vacía.
Isidora apuesta por la pausa, la calma y el cuestionamiento, buscando que el oyente se reconozca en las experiencias más cotidianas y criollas de nuestra identidad chilena con distintos ritmos propios del mundo urbano, pop, indie y más.
Bajo la mirada de los cerros precordilleranos del sector suroriente de la capital, la artista expresa lo que quiere generar en las personas, más allá de las reproducciones, más allá de las métricas, su objetivo es generar una atmósfera “peliculesca” donde el oyente se sienta protagonista de la historia.
− Mi meta es que la gente diga: ‘escuché esto y conecté… algo de mí cambió.’−señala. Desea que sus canciones hagan sentir al oyente.
Pero esa conexión no busca siempre el optimismo; Izzy utiliza la música como un refugio emocional para exteriorizar sentimientos que, en su vida cotidiana, su personalidad reservada le impide decir, como la envidia, la frustración o la tristeza.
Al final, su proyecto es una invitación a la validación de lo humano en todas sus formas. Busca que su arte sea un espejo donde nadie se sienta excluido por sus sombras.
El Chile actual sigue moldeado por el silencio impuesto en el pasado: “Donde se enseñó que lo que es chileno es penca”. Para ella la frustración del chileno actual es una herencia directa de esos diecisiete años: “En la dictadura hubo un antes y un después en el que a nuestros adultos se les prohibió pensar, se les prohibió ver, se les prohibió crear”, explica Isidora con cierta mezcla de tristeza y rabia.

CHILE IS CUTE
El salto hacia su último trabajo, Chile is Cute, marca un punto donde lo personal se encuentra con la identidad colectiva del país. El nombre del álbum encierra una ironía que Isidora utiliza para apuntar la realidad nacional.
− Para mí es un poco, no sé si irónico, pero cute es como tiernito… Yo siento que Chile es como ingenuo.
Este título tiene una doble intención: reconocer la belleza de lo local, pero también esa ingenuidad de creer que somos primer mundo mientras ignoramos nuestras propias sombras.
La inspiración de este disco viene de la observación minuciosa de lo cotidiano, muy alejado de las grandes tendencias globales. En ese sentido, Isidora se define como una observadora nata.
− Encuentro arte en andar en la micro o imaginar la historia de una pareja que camina por la calle −dice.
Para ella, el proyecto es un refugio que se nutre de las historias de la gente común, lejos del glamur plástico. “Si veo a Chile como una gran masa, igual empiezo a ver más cosas malas que buenas” – reflexiona −, “pero si empiezo a ver, no sé, qué bonito el mural que está en esta plaza… eso a mí me encanta”.
Sin embargo, tras esa estética de “cotidianeidad” y colores, late una fuerte carga política y social heredada de la postdictadura. Isidora sostiene que el Chile actual sigue moldeado por el silencio impuesto en el pasado: “Donde se enseñó que lo que es chileno es penca”. Para ella la frustración del chileno actual es una herencia directa de esos diecisiete años: “En la dictadura hubo un antes y un después en el que a nuestros adultos se les prohibió pensar, se les prohibió ver, se les prohibió crear”, explica Isidora con cierta mezcla de tristeza y rabia.
Su música busca romper con esa frustración acumulada que el chileno promedio descarga en el trabajo o en el transporte público. En este sentido, sus referentes son claros: Los Prisioneros y el poeta Raúl Zurita. De ellos rescata la capacidad de hacer arte que sirve como un registro histórico y emocional.
Dentro de Chile is Cute, Isidora utiliza la sátira como una herramienta para cuestionar los mandatos sociales que moldean la identidad chilena. Un ejemplo claro es “Deseo Juvenil”, una canción donde explora cómo se les enseña a las mujeres desde niñas que su valor depende de la validación externa.
− Como mujer igual te enseñan de chica que valí como por tu atractivo sexual y todo eso del príncipe azul, reflexiona la artista. Aunque admite que hacer sátira es un desafío y teme que el mensaje no siempre se capte a la primera, su intención es provocar una duda en el oyente cuando canta frases como “no me importa nada si no estás tú”. Para ella, es vital que quien escuche se cuestione: “¿No va a importar nada si no está el huevón?”.
Esa misma mirada crítica se traslada al espacio público en “American Dream”. Aunque el tema también tiene un tinte de satira, el coro nació de un sentimiento real y profundo, mientras Isidora viajaba en el transporte público. “Voy en el metro y no me reconozco en estas personas que estoy viendo”, confiesa sobre ese pensamiento fugaz que la llevó a escribir la canción.
Con esta pieza, busca capturar esa sensación tan humana de estar en un lugar, pero sentirse completamente ajeno a él, un momento de desconexión que, paradójicamente, la ayuda a conectar con el lado más complejo y menos evidente de sus auditores.
Mirada social y la industria
A pesar de las presiones de la industria, que en algún momento la llevaron a hacer música solo “para pegar”, hoy Isidora se planta desde la autenticidad. Aunque admite que “le encantaría encajar en un molde” porque sería un camino más fácil, reconoce que su fortaleza radica en ser inadaptada. “Yo nunca me he sentido parte de una escena… pero he decidido conscientemente empoderarme un poco de eso”.
Esta decisión de habitar su propia complejidad es uno de los motores de su mensaje. Para Isidora, el arte no se trata de alcanzar una meta o de acumular éxitos, sino de una invitación a la presencia. “Mi misión como artista y también como persona es como que la gente esté más presente… que diga ‘mira la vida que está pasando a tu alrededor'”, asegura.
En un mundo obsesionado con el futuro y la productividad, ella propone una pausa para observar lo que nos rodea, desde un mural en una plaza, un amor incompleto, hasta el acento de alguien en un pueblo perdido, porque para ella, la esencia del proyecto es que el oyente diga: “Está bien ser yo, pues está bien dónde vivo, como quiero empaparme de mi entorno”
Esa búsqueda de lo real la lleva a explorar rincones emocionales donde otros no se atreven a entrar. Mientras la industria se conforma con clichés, ella prefiere capturar ese momento más humano y sentimental. Es en esa vulnerabilidad, en ese sentimiento de ser “distinto” o “ajeno”, donde Isidora encuentra la verdadera conexión con su audiencia.
Al final, Izzy es un refugio para quienes no encajan en los moldes de lo establecido. “Siento que mis temas son muy humanos”, concluye con una sonrisa que mezcla melancolía y esperanza, “y hacen, espero, sentir al oyente muy humano también”.

