Vivir a plazos es una regla silenciosa que marca a toda una generación en Chile. Detrás del anhelado título profesional, se esconde una realidad donde el esfuerzo que busca estabilidad finalmente se convierte en deudas que se arrastran por años. En un país donde trabajar más de ocho horas ya no es suficiente, el futuro parece quedar siempre en pausa.
Por Javiera Larenas Verdejo
Un análisis de Chiledeudas.cl muestra que son más de 620.000 los jóvenes de entre 18 y 29 años que se encuentran en morosidad financiera, representando más del 20% de la población nacional en esa situación, una realidad que cada día se vuelve más común en el país.
Hoy, más que construir sueños, los jóvenes profesionales luchan para sostener el presente, atrapados en un sistema donde el significado del crédito cambió para siempre, hoy, la gente se endeuda para poder comer.
“Es algo que siempre está en la cabeza, como que nunca puedes relajarte del todo”, confiesa Dayan Molina, una joven titulada que aún no ejerce. Su carrera no funcionó como escudo, sino como la puerta a una bicicleta financiera donde el sueldo se va entre el CAE, créditos de consumo y la preocupación de llegar justo a fin de mes.
Durante décadas nos enseñaron que el progreso tenía forma de diploma, el lema que sonaba en los comedores de miles de familias chilenas era uno solo: esfuérzate, entra a la universidad, saca una carrera y tu futuro estará asegurado. Era el pacto social definitivo, la gran llave maestra para salir adelante. Pero nadie advirtió que ese ansiado cartón venía envuelto en una letra chica letal. Hoy, para toda una generación, en muchas ocasiones, la educación superior es el boleto de entrada a un laberinto financiero del que parece imposible escapar. Lejos de la ansiada tranquilidad económica.
Para Dayan Molina, de 27 años, el choque entre esa vieja promesa y la realidad se acerca cada vez más a ella.
Dayan estudió técnico en enfermería, es mamá de un niño de 5 años y trata de salir adelante día a día y aunque tiene el apoyo de su pareja no siempre llega bien a fin de mes. Actualmente trabaja de conserje en un condominio y no ha podido empezar a ejercer.
“Mira, en realidad tengo el CAE y un crédito de consumo que en su momento saqué para poder pagar algunas cosas”, dice la joven.
Para ella, la maternidad le añade una capa de urgencia a este equilibrio. No es pobreza, pero es una forma de asfixia todos los meses, es la sensación de caminar por una cuerda floja donde un resfriado de su hijo, una cuenta de luz más alta de lo normal o un gasto extra puede significar llegar justo a fin de mes.
El sueño de la casa propia ha dejado de ser una meta alcanzable para convertirse en un espejismo que se aleja a medida que los jóvenes avanzan. No se trata de un capricho juvenil, sino de la urgencia desesperada por asegurar el futuro.
Acceder a una vivienda parece casi imposible para quienes cuentan con ingresos muy por encima del promedio. Los bancos exigen que el dividendo mensual no supere entre el 25% y el 30% de los ingresos del solicitante, por lo que para optar a un crédito hipotecario destinado a una vivienda promedio es necesario acreditar rentas cercanas a los $2.500.000 mensuales. Una cifra que para gran parte de los jóvenes profesionales resulta inalcanzable, especialmente cuando deben destinar una parte importante de sus ingresos al pago de deudas.
—¿Sueñas con tener tu casa propia, Dayan?
— Me encantaría, de verdad es algo que quiero mucho, pero siendo realista ahora lo veo un poco lejano, —confiesa.
Asumir esto no significa rendirse, sino convertirse en una estratega de su propia rutina. Implica recalcular prioridades, controlar los gastos extra, elegir bien cuándo salir y mantener un estricto orden financiero. Es la frustración silenciosa de darse cuenta de que, por ahora, el sueldo debe enfocarse en sostener la vida del presente, dejando en sala de espera las llaves del futuro.
El peso de una vocación frustrada
A varios kilómetros de distancia, en el interior de la Tesorería General de la República, el calor de los fogones marca el ritmo de la vida de David Martínez Cortés. A sus 51 años, David es un hombre de manos fuertes y mirada noble, actualmente un maestro de cocina que conoce bien el lenguaje de la supervivencia. Pero bajo su delantal de trabajo late el corazón de un trabajador social que nunca ejerció.

La historia de David es la de un acto de fe que terminó en una emboscada financiera. A los 43 años, cuando muchos consideran que el camino ya está trazado, Martínez decidió desafiar su destino y se matriculó en Trabajo Social. Fue por una vocación genuina, le gustaba lo social.
Se imaginaba asistiendo a otros, moviendo las palancas del sistema para ayudar a los vulnerables. Durante años estudió mientras trabajaba, compatibilizó horarios, evaluaciones y responsabilidades laborales convencido de que el sacrificio valdría la pena. Cuando finalmente obtuvo su título profesional, creyó que había llegado el momento de dar el siguiente paso.
En el año 2016, se supone que la vida de David cambiaría. Ajustó el cuello de su uniforme, intentando dejar atrás el olor a comida y el vapor de las ollas del casino. Camino por los pasillos de su trabajo que conocía tan bien, pero esta vez no iba hacia la cocina, sino hacia una cita que había pedido con esperanza, la oficina de Bienestar. Estaba terminando su último semestre de Trabajo Social y solo le faltaba una práctica para terminar.
En ese momento, David se sintió “podrido”. La humillación le recorrió el cuerpo mientras escuchaba a esa mujer, que nunca había pasado las necesidades que él conocía, le puso una barrera de clase frente a sus ojos. Se sintió pequeño ante ese poder que le negaba el derecho a trabajar en lo que había estudiado.
Al entrar, el aire acondicionado y el silencio de las oficinas contrastaban con el bullicio de su zona de trabajo. Frente a él estaba la que en ese entonces era la jefa de Bienestar. David, un hombre que venía del campo y de escasos recursos, sentía el peso de la jerarquía. La mujer manejaba un vocabulario frío, fluido, de esas personas con poder que parecen tener siempre la última palabra.
— Necesito hacer mi práctica, jefa —explicó David, con el entusiasmo de quien ya ha adquirido experiencia, pasando por la Municipalidad de Cerro Navia y el Hogar de Cristo.
— Conozco casos aquí mismo, en mi área. Tengo compañeros con problemas reales con los que podría trabajar, hacer proyectos en equipo, actividades —afirmó David.
La jefa del departamento de Bienestar, no lo miraba a los ojos, buscaba impedimentos fuera de lugar.
— No puedo, David. Para tenerte aquí tendría que asignarte un escritorio y todo eso, —respondió ella.
— Pero no es necesario, jefa. Yo mismo realizo los proyectos y las actividades, usted solo me firma la hoja al final —insistió él, tratando de derribar la barrera que sentía que se le estaba imponiendo.
La respuesta fue un muro de hielo, — No, no se puede. Sería antiético.
Hubo un silencio breve. Dejó de mirar los papeles y, por primera vez, clavó su vista en él con una superioridad que David sintió como un golpe físico.
—Yo no sé por qué estás estudiando Trabajo Social, David. Yo no te veo con ese perfil. David la interrumpió. Sintió que se le apretaba el pecho,
— ¿Y qué perfil me ve usted entonces?
— Un perfil de trabajador obrero —sentenció ella, sin ninguna expresión en su rostro. —Tú estás bien dónde estás, pero no te veo como un profesional, como un asistente social.
En ese momento, David se sintió “podrido”. La humillación le recorrió el cuerpo mientras escuchaba a esa mujer, que nunca había pasado las necesidades que él conocía, le puso una barrera de clase frente a sus ojos. Se sintió pequeño ante ese poder que le negaba el derecho a trabajar en lo que había estudiado.
Aun así, David no bajó la cabeza. Antes de salir de la oficina que le acababa de cerrar la puerta de su propio futuro, le dijo lo único que se le vino a la mente en ese momento: “Cada uno tiene el derecho de seguir sus sueños y de lograrlos”.
Salió de la oficina con el título de “obrero” marcado por el sistema, pero con la rabia transformada en perseverancia. David relata que esa experiencia no le quitó las ganas de seguir, sino que le sirvió para sacar más fuerza para seguir adelante y terminar bien su carrera.
Después de todo, su jefa directa le brindó apoyo y le otorgó el día viernes para que pudiera buscar y realizar su práctica en otro lugar. Regresó al Hogar de Cristo, gracias a una práctica corta previa que había realizado allí. La trabajadora social del lugar lo recibió y le permitió completar las horas necesarias para finalizar su formación.
Desde 2019, cada mes paga el Crédito con Aval del Estado (CAE), 42.000 pesos desaparecen de su sueldo. Hoy es parte de los más de un millón doscientos ochenta mil deudores de este crédito, cuya deuda supera los cuatro billones de pesos, según cifras de la Comisión Ingresa.
Es una cuota que le recuerda, con la precisión de un reloj, que todavía le quedan 12 años de condena financiera por una carrera que no está ejerciendo. “Es como un dividendo más”, dice. El CAE pasó de ser una inversión para el futuro a un impuesto al sueño que no pudo ser.
Aparte de pagar el crédito, David se debe hacer cargo de muchas deudas más y entre todas estas, la que más pesa es el dividendo de su casa, que terminará de pagar en 25 años más.
Ser el sustento de una casa en el Chile actual exige hacer malabares mes a mes, cubrir las necesidades de una familia, pagar cuentas, endeudarse durante años, implica en muchos casos vender horas de descanso. Así fue para David durante un tiempo, su tiempo libre no significaba el fin de semana como un espacio para estar en casa. De lunes a viernes vestía de maestro de cocina, pero apenas llegaba el viernes por la noche, se la rebuscaba haciendo jornadas extras en banqueteras.
Pero el costo de ese dinero adicional tenía sus contras, se cobraba en ausencias.
Para sostener a su familia, tuvo que convertirse casi en un fantasma durante los fines de semana, se perdía los cultos de la iglesia, los almuerzos de día domingo y los detalles cotidianos del crecimiento de sus hijos. “A veces mis hijos me lo sacan en cara, me reclaman porque dicen que no estuve tanto con ellos”, comenta.
Fue la pandemia, dentro de todo su encierro, la que funcionó como un freno de emergencia. Al detenerse el mundo de los eventos, la familia volvió a unirse en la misma casa y David pudo mirar de frente el tiempo que había perdido. Fue entonces cuando tomó una decisión y afirma que “a veces es mejor un poco menos de plata, pero estar más tiempo con la familia”. Sin embargo, en el Chile actual, el tiempo con la familia es un lujo que se paga con más deuda.
Según cifras oficiales a junio de 2025, el 14,1% de los deudores en el país enfrenta una alta carga financiera, lo que significa que destinan más del 50% de sus ingresos mensuales exclusivamente al pago de deudas crediticias.
El crédito como el nuevo motor de la precariedad
¿Cómo llegamos a esto? Jean Paul Quinteros, economista y académico de la Universidad Central, explica que esto no es un accidente, sino el resultado de un diseño estructural. El sistema financiero chileno sufrió un cambio en los años 80. Tras la crisis del 82, se diversificó y ya no solo eran los bancos, aparecieron las casas comerciales, las cooperativas de ahorro y crédito, un abanico de instituciones que prometían facilitar la vida de quienes aún no tenían título ni trabajo formal.

Quinteros explica que se generaron créditos con menos condiciones porque existían menos cupos, tasas que eran más ajustadas a la realidad de cada uno y eso fue provocando que personas sin un título profesional, sin trabajo, que todavía muchos de ellos vivían con sus papás o que todavía están en un proceso de independencia, ya tenían acceso a crédito.
“Antiguamente la gente se endeudaba para comprarse una tele, ahora se endeuda para comer”, afirma el economista. En pocas palabras, el crédito dejó de ser una herramienta de movilidad para convertirse en el oxígeno de emergencia para llegar a fin de mes.
Es lo que en la calle llaman “la bicicleta”: pedir un avance para pagar el supermercado, sabiendo que el mes siguiente habrá que pagar la cuota más la nueva mercadería, generando un efecto de “bola de nieve” que nunca deja de crecer.
Trabajar ya no garantiza estabilidad, dice Jean Paul. Y es ahí donde la promesa del sistema se rompe. El contrato social años atrás decía: “Estudia, esfuérzate, obtén un título y tendrás una vida tranquila”. Hoy, ese título es, para muchos, la puerta de entrada a un laberinto de intereses y cuotas.
Un futuro hipotecado
El conflicto central de esta generación no es la falta de esfuerzo, sino el colapso de lograr lo que prometía el título universitario. Para Dayan, la estabilidad de una casa propia se siente como un horizonte que retrocede con cada alza de la UF, mientras que, para David, el patrimonio es una meta que recién alcanzará a los 76 años, cuando termine de pagar un dividendo que compite con el CAE por el primer lugar en su lista de sacrificios.
David es el espejo donde se miran Dayan y miles de jóvenes profesionales que a pesar de tener un contrato y una carrera están muchas veces amarrados a un sistema de exclusividad donde no se permite el ahorro y donde cualquier mes malo obliga a tirar un avance para sostener la economía familiar. Se trabaja para sostener el pasado con pocas opciones de construir un futuro, a través de un título profesional que se convierte en un contrato para una precariedad invisibilizada.

