La manifestación como espacio transformador

La manifestación como espacio transformador

Pañoleta al cuello, cacerola en mano, caminando por la Alameda en dirección a la Plaza de la Dignidad, una joven de veintipocos años marcha junto a cientos, miles, que paso a paso, día a día, han ido dejando atrás los miedos y prejuicios que antes los separaron. Ellos lograron reencontrarse, al acecho de las escopetas, dentro de la niebla lacrimógena, con los ojos bien abiertos aunque el Estado de Chile quiera volver a cerrarlos por la razón o la fuerza. Ellos ya no están solos. Ellos despertaron, juntos, pañoleta al cuello, cacerola en mano.

“He hablado con mucha gente que vive en la calle. En las marchas me encuentro con ellos. Conocí a varios. Conversamos de todo. Nos reímos. Nos acompañamos”, me comenta la joven de la pañoleta, que todas las jornadas se suma a las manifestaciones demandando el fin de los abusos de la oligarquía empresarial.El velo social tejido durante décadas y siglos, que antes le impedía simplemente hablar con otro ser humano por encontrarse en “situación de calle”, se ha desvanecido. Los  artificios discriminatorios, los temores inculcados, los muros de prejuicios se derrumban en la manifestación.

 

Las calles, escenario de las marchas diarias que pronto cumplirán dos meses desde el inicio del “estallido social”, se han convertido en espacios transformadores, liberadores, donde los temores imaginarios que nos mantuvieron separados están siendo desintegrados, aunque sea por unas horas. Y el poder de este encuentro tiene la capacidad de crear una nueva conciencia social, una donde el “otro”, el hombre o mujer pobre o “en situación de calle”, ya no es sujeto de caridad, sino de justicia social para una vida más digna.

 

¿De qué hablaban? De todo, me comenta. “La familia. Los amigos. La vida dura en la calle. A veces el frío. A veces el hambre. El abuso policial, antes y después del 18 de octubre. Pero lo que me quedó grabado fueron las palabras de Pedro, un caballero que me dijo: señorita, golpee tantas puertas, buscando un trabajo, una oportunidad. Ninguna se abrió. No me quedó otra opción que rogar por caridad. Pero eso cambió. Ya no me siento en la miseria. Podré seguir pobre, pero ya no ruego por caridad. Estoy aquí, al lado suyo, pidiendo justicia y dignidad”.

Las calles, escenario de las marchas diarias que dieron vida al estallido social, se han convertido en espacios transformadores, liberadores, donde los temores imaginarios que nos mantuvieron separados están siendo desintegrados, aunque sea por unas horas. Y el poder de este encuentro tiene la capacidad de crear una nueva conciencia social, una donde el “otro”, el hombre o mujer pobre o “en situación de calle”, ya no es sujeto de caridad, sino de justicia social para una vida más digna.

“El milagro, es la esperanza de que todo puede cambiar ¿Cuándo pensamos que esto podía ocurrir? Nunca antes sentí que fuera posible cambiar nada, que siempre estaríamos a merced de los patrones de la miseria. Pero ese milagro amiga mía, ya ocurrió. Está ocurriendo y no debemos dejar que termine de ocurrir”, dijo Pedro antes de que súbitamente, Fuerzas Especiales de Carabineros desataran una tormenta de bombas lacrimógenas y disparos de escopeta sobre ellos.

La joven de la pañoleta corrió junto a otros cientos de asediados, perseguidos por las fuerzas represivas del Estado de Chile. El espacio transformador, donde ocurría el milagro, donde espontánea y fraternalmente se encuentran cientos de miles y a veces, millones, era convertido en un campo de batalla. Sin embargo, la neblina lacrimógena no volvió a levantar el velo social que mantuvo ciegos, con miedo y separados a los manifestantes, durante tanto tiempo, hasta antes del “Despertar Social”. Los prejuicios se derrumbaron. La miseria no existe entre las multitudes que caminan juntas hacia la Plaza de la Dignidad.  Tampoco existe más en la conciencia de la joven de la pañoleta, que cacerola en mano, al final de la jornada, regresa a su casa, recuerda a Pedro y espera volver a encontrarlo, en el milagro, al día siguiente.

 

Por Roberto Riveros

Periodista/documentalista.

 

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