Cancha, carbón y amistad: La herencia de Casas Viejas

Cancha, carbón y amistad: La herencia de Casas Viejas

Cada domingo la cancha se transforma en el refugio de muchas familias donde la pelota es solo la excusa para volver a sentirse parte de algo. El humo de las parrillas se mezcla con el olor de la tierra y el pasto húmedo, mientras un grupo de niños corre detrás de una pelota. Un recorrido por la historia del Club Deportivo Casas Viejas muestra que este vínculo social resiste al paso del tiempo.

 

Por Javiera Larenas Verdejo.

 

Foto: Javiera Larenas.

No hace falta mirar el reloj para saber que es domingo en Casas Viejas. Se nota desde antes de llegar. El humo de las parrillas empieza a elevarse cerca de las doce del día y se mezcla con el olor de la tierra y el pasto húmedo que todavía conserva el rocío. Al fondo suena una radio con cumbia y un grupo de niños corre detrás de una pelota mientras los adultos terminan de instalar las mesas plegables y los coolers con bebidas y cervezas.

Un recorrido por la historia del Club Deportivo Casas Viejas muestra que este vínculo social se levanta año a año, resistiendo al paso del tiempo y a un sistema que empuja al aislamiento. Cada domingo la cancha se transforma en el refugio de muchas familias donde la pelota es solo la excusa para volver a sentirse parte de algo.

Mientras algunos descargan la carne y preparan el fuego, otros ya están instalados al borde de la cancha con una silla de camping. Los niños juegan con el balón sin importarles que todavía no empiece ningún partido. Se escuchan risas, saludos de un lado a otro y esas conversaciones que parecen haber quedado pendientes desde el domingo anterior.

Aquí nadie llega solamente a ver fútbol, se viene a compartir, se viene a encontrarse. Se viene porque hace más de setenta años este lugar dejó de ser simplemente una cancha para convertirse en el corazón de un barrio.

Las raíces de Casas Viejas

Para entender la fuerza y la pasión con la que hoy se juega, es necesario retroceder en el tiempo. Era septiembre del año 1952 cuando un grupo de parceleros decidió que el barrio necesitaba algo más que trabajo y sacrificio. Necesitaba un lugar donde reunirse, donde los niños pudieran crecer corriendo detrás de una pelota y donde los adultos encontraran un espacio para olvidar, aunque fuera por noventa minutos, el peso de la semana.

En ese entonces todo era distinto. Donde hoy existen calles pavimentadas y casas, antes había tierra, cultivos y caminos de polvo. La cancha no tenía las comodidades de hoy, pero eso nunca fue un impedimento. Los mismos vecinos marcaban las líneas con cal, levantaban los arcos y organizaban campeonatos que terminaban compartiendo un plato de comida entre todos.

“Nos conocemos de hace harto tiempo y yo creo que eso es lo que nos mantiene acá, más allá del fútbol”, afirma Michel Flores, jugador de la categoría senior de Casas Viejas y así lo repiten los más viejos como un lema que se hereda de boca en boca. Esa frase resume una época donde la precariedad se combatía con organización comunitaria. Los fundadores pasaron esta herencia a sus hijos y estos a los nietos que hoy corren por la pelota.

 

Foto: Javiera Larenas.

 

Entre quienes llegan cada domingo está Víctor Urtubia, más conocido como el lobo. Tiene 37 años y prácticamente toda su vida ha transcurrido entre estas canchas. Vive a pocos metros del club y ha visto a este equipo ganar copas memorables a lo largo de su vida, como el tricampeonato consecutivo antes del año 2005 o el título general de la Liga Campesinos y Amigos de Pudahuel en 2013. Pero también le tocó ver los momentos oscuros. Los inviernos donde los recursos no alcanzaban ni para las camisetas, el peligro de perder los terrenos ante el avance inmobiliario y los proyectos que quedaron congelados en el papel. En Casas Viejas, el progreso nunca llegó como un regalo, se ganó centavo a centavo con colectas, rifas y completadas.

Víctor camina despacio hacia el camarín mientras saluda a cada persona que se cruza. No necesita presentarse, aquí todos lo conocen y no solamente porque juegue en la categoría Senior. Lo conocen porque su historia está profundamente entrelazada con el club.

Sus dos abuelos, tanto por el lado materno como paterno, estuvieron entre los fundadores de Casas Viejas en 1952. Su familia ha visto pasar presidentes, campeonatos, derrotas, remodelaciones y generaciones enteras vistiendo la misma camiseta cruzada por una franja.

— Mi papá me traía desde que nací —recuerda “El Lobo” sonriendo. “Me dejaba jugando con los cabros mientras él veía los partidos”.

No recuerda un solo domingo de su infancia lejos de esta cancha.

Aquí aprendió a correr.

Aquí hizo a sus primeros amigos.

Lo curioso es que, mientras cuenta esa historia, unos metros más allá ocurre exactamente la misma escena que él vivió hace treinta años.

A un costado de la cancha se encuentra un grupo de niños que mientras juegan con el balón, comentan el partido que hay de fondo y tratan de predecir quién ganará el campeonato. Algunos juegan descalzos, otros con zapatillas gastadas y camisetas que les quedan varias tallas más grandes.

Entre ellos está Mirko.

Tiene 14 años y juega en las series menores del club. Lleva la camiseta cruzada por la misma franja que usa su papá, los amigos de él y tantos otros vecinos que crecieron en esta cancha.

Mientras espera su turno para entrenar, observa atento el partido de los adultos. Mira cada pase, cada barrida y cada discusión con el árbitro como si estuviera tomando apuntes para el día en que le toque ocupar ese mismo lugar.

Cuando le preguntan por qué viene todos los fines de semana, responde con total naturalidad, como si fuera la pregunta más obvia del mundo.

— Desde que nací me traían acá. Mi papá me traía porque es bueno aquí, lo pasamos bien y aprendo harto. Me traía para que jugara con los cabros y me divirtiera un rato –afirma Mirko.

No hace falta que diga mucho más.

En esa respuesta caben más de setenta años de historia.

Porque Mirko no llegó al club por una escuela de fútbol ni por una publicidad. Llegó porque un domingo cualquiera su papá hizo exactamente lo mismo que décadas atrás hicieron el papá de Víctor, sus abuelos y cientos de vecinos. Tomar a un niño de la mano y traerlo a una cancha donde siempre había alguien dispuesto a recibirlo.

Así se mantiene vivo Casas Viejas.

No con contratos.

No con fichajes.

Sino con generaciones enteras que heredan la costumbre de pasar los domingos aquí y quizás ese sea el verdadero semillero de Casas Viejas.

No solamente formar futbolistas. Formar vecinos, formar amigos, formar personas que cuando tengan cuarenta años, vuelvan a repetir la misma frase que hoy dice Víctor:

“Mi papá me traía desde que nací”.

Y que algún día escuchen a sus propios hijos decir exactamente lo mismo.

 

 

Víctor camina despacio hacia el camarín mientras saluda a cada persona que se cruza. Aquí todos lo conocen porque su historia está profundamente entrelazada con el club. Sus dos abuelos fueron fundadores y su familia ha visto pasar presidentes, campeonatos, derrotas, remodelaciones y generaciones enteras vistiendo la misma camiseta.

No recuerda un solo domingo de su infancia lejos de esta cancha.

 

 

 

El domingo que volvió a hacer historia

Es el 5 de julio de 2026. El frío de la tarde golpea sobre el recinto. No es una pichanga cualquiera, se juega la última fecha del Campeonato Oficial Senior. Hoy, las divisiones mayores, los de 35, 40, 45 y 50 años, que son el verdadero corazón y la fuerza actual de la institución, se juegan la copa del año. Aunque mantienen una serie sub-20 para alimentar el futuro, son los veteranos los que sostienen la mística del club.

El marcador está apretado: uno a uno. El rival presiona alto y el aire se vuelve espeso, cargado de la adrenalina propia del fútbol de barrio, donde se compite con una disciplina implacable. En los tablones de madera gastada, la barra es una imagen viva de la resistencia. Hay madres amamantando, abuelos con mantas sobre las rodillas protegiéndose del viento de la tarde, y niños de cara sucia persiguiendo una pelota vieja detrás de los arcos.

La alegría del presente, sin embargo, va de la mano con las ausencias. A un costado de la cancha se levanta un muro de cemento que funciona como memorial. Allí están grabados los nombres de los socios y jugadores que defendieron la franja y que hoy ya no están. Hay quienes dicen que una cancha solamente guarda huellas. El lobo sabe que también guarda recuerdos. Cada rincón tiene una historia, cada árbol fue testigo de alguna celebración, cada banca conoce nombres de personas que ya no están, pero que siguen presentes cada vez que se reúne todo el barrio.

Pasa rápido el tiempo en el partido y los últimos minutos se juegan con el corazón.

Ya nadie conversa alrededor de las parrillas. La carne sigue sobre las brasas y el humo continúa escapando hacia el cielo, pero nadie le presta atención. Las bebidas quedan sobre las mesas, los platos a medio servir y los niños, que hace unos minutos improvisaban partidos detrás del arco, ahora se aprietan contra la reja para mirar lo que ocurre dentro de la cancha.

El marcador favorece a Casas Viejas por 2 a 1.

El árbitro mira el reloj una vez más y se lleva el silbato a la boca.

El pitazo final corta el aire frío de la tarde y, por una fracción de segundo, reina un silencio extraño, de esos que duran apenas un suspiro. Después, la cancha desaparece bajo una ola de abrazos.

Los primeros en entrar son los niños. Corren con las manos levantadas, saltando llenos de emoción buscan a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos. Detrás llegan las familias completas. Madres, abuelos, vecinos y dirigentes se mezclan con los jugadores hasta formar un solo grupo donde ya resulta imposible distinguir quién jugó y quién alentó desde afuera.

Las banderas celestes y blancas comienzan a elevarse sobre la multitud.

Entonces nace un canto que en cuestión de segundos termina envolviendo a toda la cancha.

—¡Somos campeones otra vez!

Los jugadores saltan abrazados en el centro del campo. Los niños intentan seguir el mismo ritmo. Algunos levantan los brazos, otros corren con la bandera sobre los hombros como si fuera una capa. Las mujeres aplauden desde un costado mientras las cámaras de los celulares intentan guardar un instante que parece demasiado grande para una pantalla.

La copa aparece entre la multitud y decenas de manos se estiran para tocarla. No permanece mucho tiempo en el mismo lugar. Va pasando de unos a otros, como si todos tuvieran derecho a sostenerla, aunque fuera por unos segundos. Porque en Casas Viejas los campeonatos nunca pertenecen únicamente a los once que estuvieron dentro de la cancha. También son de quienes prepararon el almuerzo desde temprano, de quienes marcaron la cancha antes del partido, de quienes organizaron rifas para comprar camisetas y de quienes, domingo tras domingo, siguen llegando, aunque no jueguen un solo minuto.

El partido terminó, pero la celebración, en cambio, apenas comienza.

Porque los noventa minutos siempre fueron una excusa. Lo verdaderamente importante ocurre cuando el árbitro guarda el silbato, las familias vuelven a abrazarse alrededor de una cancha y un barrio entero confirma que más de setenta años después de su fundación, la historia del Club Deportivo Casas Viejas seguirá escribiéndose siempre, exactamente donde comenzó: en el corazón de su gente.

 

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