Cortando las puntas del tiempo

Cortando las puntas del tiempo Fotografía: Ismael Lagos.

Al entrar a la peluquería Zesy un clima acogedor abraza al visitante junto al olor característico de un salón de belleza casi patrimonial. Frente a los grandes espejos, la señora Lucy, como la llaman cariñosamente sus clientas, atiende con su delantal de color fucsia. Es una mujer de cabello corto y rubio, con las marcas amables que el tiempo ha dibujado en las arrugas de su piel. Lucy esconde tras su timidez inicial una empatía única y un gusto por sostener conversaciones profundas, de esas que desarman cualquier prisa.

 

Por Ismael Lagos.

 

Afuera, el invierno de Santiago Centro rechina los dientes de los transeúntes. La galería Metropolitana, ubicada entre las calles Mac Iver y San Antonio, esa estructura de cemento viejo que alguna vez albergó estudios de fotografía, sastrerías y bullicio local, hoy es un desierto frío dominado por el reflejo monótono de las vitrinas de las ópticas.

Locatarios históricos cuentan que casi nadie se saluda en los pasillos; los antiguos vecinos se marcharon ahogados por los arriendos y el ruido apurado de la ciudad moderna ha roto con esos centros comerciales.

Pero tras la fachada de total vidrio de un pequeño rincón, el aire cambia bruscamente. Un clima acogedor abraza al visitante junto al olor característico de un salón de belleza de siempre: esa mezcla nostálgica de secador de pelo caliente y químicos de tintura que impregna cada rincón.

El espacio es acotado, pero sumamente cálido. Las paredes blancas están salpicadas por vibrantes detalles fucsia y en un muro interior destaca el mural de una mujer de espalda con un elegante peinado recogido, vigilando el paso del tiempo.

Frente a los grandes espejos que multiplican la luz, la señora Lucy, como la llaman cariñosamente sus clientas de toda la vida, atiende con su delantal de color fucsia. Es una mujer de cabello corto y rubio, con las marcas amables que el tiempo ha dibujado en las arrugas de su piel. Reservada al primer contacto, Lucy esconde tras su timidez inicial una empatía única y un gusto entrañable por sostener conversaciones profundas, de esas que desarman cualquier prisa.

Sostiene las tijeras con gran soltura de quien ha hecho de ese movimiento natural de sus dedos. Su historia en este oficio no comenzó ayer, sino hace cincuenta y seis años, cuando apenas tenía diecisiete y el Santiago de los tranvías todavía respiraba.

—Me compré este local a los veintiún años, solita. Sin mucha plata, así como con la pura pata —dice. En su mirada asoma el orgullo de la joven que desafió al destino en una época donde las mujeres rara vez eran dueñas de su propio espacio.

Lucy recuerda los inicios, allá por 1976, cuando los tanques y la tensión del golpe militar dominaban las calles exteriores. Mientras el país se fracturaba, ella trabajaba “escondidita” dentro de la galería, cuidando a una clientela fiel que viajaba incluso desde Rancagua cada semana para atenderse con ella. El local era un ecosistema vivo: había manicuristas, peinadoras y una complicidad que hoy parece extinta.

—Antes, para el 18 de septiembre, yo casi me amanecía trabajando. Terminaba con los dedos rotos de tanto aplicar el líquido de las permanentes. Esos productos antiguos eran fuertísimos, no como los de ahora —confiesa, mientras repasa con la vista las repisas del salón.

El oficio ha mutado frente a sus ojos. Los antiguos peinados con tubos y las eternas bases dieron paso al brushing rápido y a cortes de líneas geométricas. Sin embargo, lo que no ha cambiado en el local de Lucy es el alma del servicio.

Mientras las cadenas modernas de belleza ofrecen experiencias rápidas, asépticas y funcionales, en este rincón el tiempo se suspende entre galletitas y tazas de café. Aquí, el sillón de la peluquera funciona como un diván donde se confiesan los secretos de toda una vida.

Lucy ha visto crecer a familias completas; guaguas que alguna vez cargó en brazos hoy entran por la puerta convertidos en adultos, trayendo a sus propios hijos. “Aquí se sabe todo”, confiesa con una sonrisa cómplice.

Pero resistir no ha sido fácil. La pandemia del 2020 obligó a bajar la cortina de fierro durante meses interminables. Al no ser considerada una óptica ni un servicio esencial, la peluquería permaneció en la penumbra.

—Ahí me comí todos los ahorros que tenía —relata con amargura.

Las contribuciones, los gastos comunes y las patentes siguieron llegando con la misma puntualidad de siempre, vaciando los bolsillos que con tanto esfuerzo se habían llenado. Hubo momentos de flaqueza, tardes oscuras de encierro en las que Lucy pensó seriamente en vender el local y retirarse.

 

 

Lucy recuerda los inicios, allá por 1976, cuando los tanques y la tensión del golpe militar dominaban las calles exteriores. Mientras el país se fracturaba, ella trabajaba “escondidita” dentro de la galería, cuidando a una clientela fiel que viajaba incluso desde Rancagua cada semana para atenderse con ella. El local era un ecosistema vivo: había manicuristas, peinadoras y una complicidad que hoy parece extinta.

 

 

 

El quiebre definitivo de su historia comenzó una tarde cualquiera, cuando la puerta de vidrio se abrió para dejar pasar a una joven que solo buscaba cortarse las puntas del cabello. Mientras Lucy hacía correr el peine, la joven comenzó a conversar con ella, atrapada por su timidez amable. Lucy hablaba de su vida y del salón con naturalidad, sin percatarse de que el teléfono de la clienta, apoyado sutilmente cerca de los espejos, registraba en silencio la mística del rincón.

—De repente me avisan que estoy en TikTok. Yo no sabía mucho de eso, pero me dijeron que tenía como 500.000 likes —recuerda Lucy, reviviendo con asombro aquel instante mientras sus dedos marcados por el tiempo imitan el gesto de deslizar la pantalla.

Ese estallido de cariño virtual tradujo los corazones de la pantalla en clientes de carne y hueso. Una oleada de jóvenes comenzó a llenar el local buscando en ese corte de cabello una conexión real con una época que solo conocen por fotos.

El frío del pasillo exterior vuelve a sentirse cuando la puerta se abre de par en par.

—Oye, amiga, que tengo frío. Está muy helado afuera —dice la clienta recién llegada, mientras se frota las manos.

—¿Te vas a teñir hoy? —le pregunta la estilista con la familiaridad de quien conoce de memoria las rutinas de sus cabezas.

—Nooo, me voy a cortar. Todavía no me corresponde el color, pero estoy muy pelucona —responde la clienta, soltando una carcajada que entibia el ambiente.

—Ella es una clienta de años… —comenta Lucy, guiñando un ojo.

—Mentira, si nos conocimos ayer —replica la mujer, riendo con complicidad antes de acomodarse en la silla—. Llevo cuarenta años cortándome con ella. Toda una vida. Una se acostumbra a una mano, usted sabe.

Esa “mano” es la que se niega a desaparecer. Aunque su hijo —diseñador de profesión y ajeno al mundo de las tijeras— no continuará con el negocio, y a pesar de que el cansancio físico susurra advertencias al final de cada jornada, Lucy sigue levantándose cada mañana con el mismo propósito que la movía a los diecisiete años. Sabe que llegará el día en que tendrá que bajar la cortina definitivamente, pero mientras las fuerzas la acompañen, su salón seguirá siendo lo que siempre fue: un espacio de resistencia humana contra la indiferencia de la gran ciudad.

Al salir de nuevo a la galería de las ópticas, el frío de julio golpea el rostro. Pero adentro queda Lucy, con la tijera en alto, devolviendo el cuerpo y el alma a un Santiago que, por unos instantes, se niega a olvidar cómo conversar.

 

Fotografía: Ismael Lagos.

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