Mejor muerto que gay

Mejor muerto que gay

Colombia, un país en el que la discriminación hacia la población LGBTI se perpetúa desde la opinión y pensamiento religioso, donde el Estado laico se queda en el aire y el rechazo silencioso dentro de los núcleos familiares tradicionales afecta las relaciones sociales del país del Divino Niño. Una realidad latinoamericana común.

 

Somos un país creado sobre la sangre de los indígenas que poseían estas tierras, donde el catolicismo se impuso como insignia de la colonización española definiendo que por historia somos católicos. La relación entre la sociedad, la iglesia y las decisiones del Estado han sido siempre relaciones históricas que tarde o temprano llegan al primer núcleo de relación social que tenemos: la familia.

Le pregunto a Sandra Ariza, psicóloga de la Universidad Pedagógica Nacional sobre los precedentes del arraigo religioso en Colombia, indica que “pueden venir desde la colonización y con la imposición de esa forma religiosa al estatuto familiar”, confirmando que nuestro antepasado es el reflejo de la predominancia de la iglesia en la actualidad.

No es sorprendente ver el acercamiento estrecho que mantiene la política y la iglesia; el punto de partida de los testimonios recopilados es la preocupación por la aprobación de la iglesia en temas políticos y sociales, un aspecto que Beldys Hernández, abogada de la ONG Colombia Diversa ratifica: “La iglesia católica tiene una fuerza social importante significativa”.

“Aún se ve demasiada dependencia de la iglesia en cuanto a las decisiones que se toman en el país, tanto social como políticamente”, me contesta Sergio Castro con determinación mientras habla de su historia de vida.

Según la Constitución Política del 91, se establece la libertad de culto, profesar libremente la religión y la igualdad de todas las confesiones religiosas e iglesias. Por su parte, la sentencia C-350 de 1994 declara que Colombia es un Estado laico y pluralista, fundado en el reconocimiento de la plena libertad religiosa y la igualdad entre todas las confesiones religiosas.

Es decir, todas las religiones son iguales para el Gobierno. Sin embargo, a través de la historia, la iglesia católica ha sido llamada como consejera del Gobierno en repetidas ocasiones, desde los procesos de paz con grupos armados hasta leyes de rigor político, incluso Beldys desde su experiencia resalta, “en temas de diversidad la opinión de ellos siempre es consultada”. Hablar de un Estado laico independiente de la iglesia en Colombia es imposible.

Anoto claramente en mis documentos las palabras con las que describo este país: apego a la tradición y fe católica, reflejos de un aspecto que afecta tanto las decisiones estatales como las fuertemente evidenciadas en los núcleos familiares en las cuales la discriminación está implícita, pero al mismo tiempo evidente.

Apunto también, dos frases que Elvira Arango, madre de dos jóvenes homosexuales y líder de la Fundación Fauds exclama mientras conversamos sobre las formas en las que la religión ha tenido que ver en este país: “Familias patriarcales y sociedad machista donde las cosas se imponen”, es la primera frase que consigno, pues es el cimiento sobre el cual se levantan la mayoría de personas en Colombia.

El segundo aporte que expongo en el marco de este texto y con el cual se da continuidad a la situación que viven las personas que son discriminadas en su primer núcleo social es que “hay que actualizar el mensaje (de la iglesia) a la realidad en la que se vive, no cambiarlo”.

Al investigar la influencia directa que tiene la postura religiosa en la discriminación dentro de los núcleos familiares colombianos se busca evidenciar las causas que afectan el reconocimiento de esta población dentro de la sociedad y el desarrollo de su identidad y así dar respuesta a la interrogante ¿Cómo es la discriminación hacia la población LGBTI dentro del núcleo familiar colombiano con fuerte arraigo religioso?

 

Crianza o generación

Hacer el recorrido histórico de las raíces religiosas en Colombia es como construir un árbol genealógico, las características entre crianza y generación pueden ser confundidas, ¿Son lo mismo?, si lo ponemos en el marco de la discriminación LGBTI, ¿Qué tanto influyen? es sorprendente evidenciar los imaginarios que rondan en torno a este debate y descubrir que no todo es lo que parece.

A medida que hablo con Elvira Arango, resulta interesante abordar el tema de las generaciones mayores sobre la actualidad; desde su experiencia trabajando en la fundación resalta que los adultos mayores suelen entender mejor que sus hijos la situación de su nieto o nieta cuando comparten su orientación sexual, “los papás creemos que por ser papás no podemos escuchar lo de generaciones nuevas porque es malo y nos sentimos amenazados”, manifiesta Arango.

En este mismo orden de ideas, Sandra Ariza plantea: “Las creencias se fueron replicando de generación en generación”, esta réplica a la que se refiere es la crianza, y allí es donde se diferencian estos dos aspectos que pongo sobre la mesa. Si bien mantienen una relación permanente en cuanto a las tradiciones y conocimientos que se imponen, la crianza moldea a la generación y de ello depende cómo se interpreta la religiosidad con el paso del tiempo dentro del primer núcleo social.

“Pueden venir de las costumbres familiares y sociales, objetadas en las instituciones”, comenta Ariza y añade: “En Colombia la religión es un elemento que no es ajeno a la crianza, muchas familias enseñan las prácticas en las que ellos se formaron”; en Colombia todo tiene que ver con la Sagrada Familia y el juicio que impone sobre la construcción de tradición y sociedad, pues está ligada a la historia que ha esbozado el país que tenemos en la actualidad a partir de lo propuesto por el Estado-Iglesia.

En el oficio de encontrar respuestas para responder la inquietud sobre el factor generacional, destaco al hablar con Camila Cabrera, una estudiante de 21 años con fuerte arraigo cristiano quien, mientras mira su taza de café, cuenta: “Si criaste a tu hijo con unas bases sólidas, pero él cree todo lo contrario automáticamente hay una tendencia a que no hablen el mismo idioma”.

Poner este comentario en el marco que diferencia la crianza de la generación resulta clave para asimilar cómo la religiosidad no se desvanece en la juventud y cómo el arraigo religioso ve en la crianza una relevancia significativa sobre el ámbito de la diversidad sexual.

Por su parte, lo expresado por Castro desde su experiencia familiar ubica la generación en primer plano al decir que las personas hoy en día cuestionan y se informan más, se dejan llevar por el razonamiento y objetividad: “me hace sentir tranquilo haber nacido en esta generación y no en una anterior porque, si ahora hubo un rechazo y señalamiento no me imagino antes”, asegura.

Arango desde su experiencia en la fundación, declara que “la crianza tiene mucho que ver, pues de eso dependen las xenofobias y problemas familiares”, de aquí, noto como se va dibujando la influencia de las formas de crianza sobre las generaciones, respecto al arraigo religioso sobre temas de sexualidad, identidad, emociones y sentimientos, recordando que al son del himno colombiano todos cantan: “la humanidad entera que entre cadenas gime, comprende las palabras del que murió en la cruz”.

 

Educación sexual a partir de la religión

“En temas educativos, en colegios católicos, se puede generar más rechazo”, expresa Hernández cuando empieza a conversar sobre los espacios en los que la discriminación toma protagonismo.

Luego, Sandra Ariza a partir de su experiencia en la pedagogía y relacionando lo anterior, enfatiza en que, existen centros educativos que dependen de comunidades devotas que pertenecen a la institución superior religiosa y que la selección del establecimiento escolar influye directamente en los valores que se replican en el hogar. “El enfoque moral-religioso ha influido en la concepción general de la sexualidad y esta influencia no es ajena a la orientación sexual”, completa.

“Hasta décimo u once (en el colegio) me di cuenta de que ser hétero y cisgénero no son las únicas formas de ser”, confiesa Alejandro Argel, transgénero que se identifica como no binario. Haciendo un símil con el sistema educativo chileno, significa que comprendió esto hasta los 16 años casi finalizando su educación media, lo que en Colombia sería el último año escolar.

Además, añade disconforme y en tono fuerte: “Ignoran el hecho de que la Biblia fue traducida como se les dio la gana; la Biblia no es una enseñanza directa de Jesús, ese libro lo agarró la iglesia y lo usó como código moral”.

Ese mismo desconcierto con que Argel expresa su parecer, está presente en las palabras de Elvira Arango sobre esta situación al decir que, “somos de una formación en la sexualidad: amarillista, morbosa, machista, binaria y sexista”.

“Siempre que se habla de valores éticos y morales, van asociadas a un credo religioso”, asevera Hernández cuando pregunto sobre el papel de la iglesia en el país. Estos aspectos en dependencia a la religiosidad son un factor común que no solo afecta las relaciones sociales en torno a las creencias, sino también la identidad y reconocimiento propio.

A esto se suma lo mencionado por Ariza, “la educación que presentan tiene un componente evangelizador que busca, a través de una matriz escolar, explicar e inculcar los temas propios de la religión y la palabra”.

Sin embargo, al hablar con Camila Cabrera sobre el rol de la iglesia en la discriminación y rechazo que atraviesa la comunidad LGBTI contesta: “No creo que haya un papel como tal, hay una posición”, agrega también que, “la iglesia tiene una base sólida que es la Biblia; a pesar de que como iglesia vemos a todas las personas con los mismos ojos de amor no practicamos todo o compartimos sus ideales”.

Estas contraposiciones en el campo educativo configuran las enseñanzas en las familias, pues de manera directa o indirecta terminan en este primer núcleo de aprendizaje y así, la sexualidad se aborda implícitamente en la interpretación del “texto sagrado”: la Biblia.

En la observación de este ámbito, recurro al ejemplo vívido que Hernández propone sobre una de las zonas más religiosas y afectadas por el conflicto en Colombia: “En el Chocó, un profesor se encargó de enrarecer el ambiente de una niña por ser bisexual, esto llevó a que la niña tuviera intento de suicidio”.

La frase de Hernández, “el campo educativo es el más difícil de transformar” se hace real y pone a pensar a más de uno sobre el papel que está jugando la educación colombiana en la formación sexual ligada a la religión.

 

“En temas educativos, en colegios católicos, se puede generar más rechazo”, expresa Hernández cuando empieza a conversar sobre los espacios en los que la discriminación toma protagonismo.

 

Interpretaciones personales vs. interpretaciones de “la palabra de Dios”

“Un pastor evangélico le dijo a una mamá que tenía que escoger entre Dios y el hijo, ella decidió escoger a su hijo y yo le dije, si lo estás escogiendo a él estás escogiendo a Dios”, cuenta Elvira Arango.

En palabras cargadas de tristeza, Sergio Castro habla de lo que significa vivir en una familia homofóbica, “mi familia tiene demasiada tradicional católica religiosa sobre su manera de opinar sobre las cosas”, añade también que su madre fue la más afectada dentro de su núcleo familiar, “se sintió mal porque creyó que yo estaba mal y que debía ayudarme a estar bien y a cambiar”, expresó.

Resulta fácil entender la magnitud del problema cuando se escuchan las palabras de quien lo vivió en carne propia. Con cierto desanimo comenta, “mi familia lo toma como una falta de decencia, de valores y de respeto”, la situación que narraba se presentó como aplicar una dicotomía en sí mismo, su familia partió de un antes y un después sobre él, como polos opuestos de los que ya no quedaba nada, lo veían de una manera diferente por haber confesado aquello que lo tenía atado durante toda su vida: ser homosexual.

A medida que charlaba con más personas los testimonios estaban envueltos en un contraste. Al hablar con Cabrera le pregunto acerca de su postura frente a la comunidad LGBTI, contesta que se siente en el medio de la discusión ya que respeta sus ideales, pero no los comparte.

Además, deja claro que no está ni a favor ni en contra de la comunidad y luego de una pausa corta, cuenta que es una persona que mantiene una relación muy cercana y estrecha con Dios, y que tal vez varias cosas no son las mismas que la comunidad comparte: “No es como que los odie, porque los amo, incluso tengo amigos de esta población, es más la ideología”.

 

 

En esto se refleja la familia de Castro al anotar su punto de vista: “La única verdad es que Dios hizo al hombre para estar con la mujer y viceversa y lo que se haya hecho de ahí para adelante se ve como abominación, inconcebible, no tiene presentación”.

 

Registro ambivalencias que enmarcan la complejidad del tema, por una parte, Arango interpreta la visión sobre la forma en la que se entiende la palabra de Dios, “son interpretaciones humanas, viendo la única historia”.

Por otro lado, Cabrera explica, “no se basa únicamente en interpretaciones personales, la palabra de Dios es en la que nos basamos”, ampliando la discusión sobre los textos y su influencia en la vida cotidiana: “Siempre sobre la Biblia, esa es nuestra verdad.”

En esto se refleja la familia de Castro al anotar su punto de vista: “La única verdad es que Dios hizo al hombre para estar con la mujer y viceversa y lo que se haya hecho de ahí para adelante se ve como abominación, inconcebible, no tiene presentación”.

Dentro del recogimiento de ideas, Arango plasmada en su vida personal, asevera que: “Si yo me hubiera quedado en la única historia de rezar el rosario todas las noches y pedir y pedir, no hubiera actuado para encontrar la coherencia”.

En el entrelazamiento de historias, aparecen sentimientos y circunstancias como las expresadas por Argel, “miren como nos quieren pervertir a nuestros hijos, miren esos degenerados”, indica con respecto al trato que ha recibido en su vida cotidiana.

Testimonio que encuentra coherencia en las palabras de Elvira Arango al mencionar que las religiones suelen ser selectivas y fóbicas, “en vez de abrazar, dividimos”. Entonces ¿En qué se forma la interpretación?

“Aunque han pasado ya treinta años de la Constitución, es muy poco tiempo para que los cambios de tradiciones culturales se marquen, aún hay una fuerte tradición católica”, contesta Hernández.

Castro cierra esta parte de su historia enfrascado en lo que para él fue la gota que derramó el vaso, “Una reacción que tuvo mi familia fue culparme a mí por una secuela psicológica de mi mamá en donde entró en depresión -estuvo en el hospital-”.

“Mi familia dijo que era mi culpa si ella moría, que yo no era consciente de las cosas y que solo pensaba en mí, que era una persona de malos pasos en la vida”, concluye.

Según la declaración conjunta de las Naciones Unidas, “Los derechos humanos son universales – no pueden invocarse prácticas y creencias culturales, religiosas, morales ni actitudes sociales para justificar violaciones de derechos humanos contra ningún colectivo, incluyendo las personas”.

 

Sentimientos de culpa y vergüenza por parte de la familia

Las reacciones de la familia están presentes en la influencia religiosa y cultural; el trato dentro del primer núcleo social fue clave para seguir en la búsqueda de la solución a la pregunta de este reportaje.

La conversación con Hernández sobre la ONG Colombia Diversa toca este tema de manera clara, ella expresa que el rechazo y la culpa son sentimientos frecuentes, sumado a lo que Arango considera sobre el dolor y la frustración como los protagonistas dentro de las familias.

“Tiene mucho que ver con el orgullo y el ego, la inseguridad”, plantea Arango cuando surge la pregunta sobre los sentimientos que emanan en el primer núcleo social; anexa también, que el factor religioso se expresa como “miedo al pecado”. Así concuerda Hernández al decir que “se asocia a un castigo divino”.

Los derechos humanos son universales – no pueden invocarse prácticas y creencias culturales, religiosas, morales ni actitudes sociales para justificar violaciones de derechos humanos contra ningún colectivo, incluyendo las personas.

En la construcción del reportaje surgen ideas que no se desvanecen en el aire y que siguen marcando la dimensión religiosa en torno a las tradiciones, Hernández lo trae a colación: “Aceptar esto es acabar con la familia y se van a acabar las buenas costumbres”.

En esta instancia, los sentimientos se agudizan en torno a la negación como lo describe Hernández: “En últimas está bien que sea LGBTI pero que no se le note, mientras no se le note, se lleva un poco mejor”. Luego, la pregunta emerge ¿En qué ámbitos de la vida cotidiana se genera rechazo dentro del núcleo familiar o social?

Cuando hablo con la abogada Hernández y la líder de la Fundación Fauds, Elvira Arango, no es fácil para ellas remitirse a los pensamientos sobre esta cuestión pero concuerdan en que muchas veces las familias “no aceptan que la persona llegue con la pareja a las reuniones parentales”, hablan de la carga que conlleva que los hijos no puedan expresar su afecto y cómo esto impacta el espacio social en construcción.

La culpa es la línea principal de desintegración: “Se asocia al cargo de conciencia de los padres, “que hice mal”, explica Hernández. Continúa definiendo que el ocultamiento también es partícipe, “suelen decir: Está bien que existan los gays pero donde yo no los vea, ojalá que no sean de mi familia”.

En Colombia, existe un factor clave tanto religioso como cultural, “el qué dirán, esas cosas hacen sufrir mucho”, expresa Arango, desde una postura personal ya superada. Ella deja saber que el dolor, el miedo y los prejuicios también hacen parte de la charla en torno a las emociones: “cuando dicen, yo no te voy a dejar de querer pero hay dos frases: “pero aquí no volvamos a hablar del tema y aquí no me traes a nadie”, expone.

Añadido a esto, Hernández propone su observación sobre la Colombia matriarcal: “Las mujeres son las que más cargan estas culpas porque son a las que se les sigue atribuyendo que son las encargadas de la crianza”.

Argel, acude a asociar la sociedad con la postura dentro de las familias: “Si a la autoridad le da miedo, apuntan con el dedo, cada vez que lo hacen, hacen que la gente se voltee sobre las personas que quieren el cambio”.

“El hecho de que desde la religión se condene a las personas que tienen una orientación sexual distinta a la heterosexual crea consecuencias que resultan hirientes”, ultima Castro.

 

 

“Mi mamá lo compara con una enfermedad como el cáncer”

Así comienza Castro cuando pregunto sobre los comentarios que ha recibido, “ella me dice que tuve este cáncer llamado tener una orientación sexual diferente a la heterosexual durante toda mi vida y lo dejé avanzar y por eso ahora era más difícil para poder cambiar y estar sano”, continúa.

Cuando pregunto por las opiniones de las familias con fuerte criterio religioso, Sandra Ariza desde la psicología, manifiesta que “suelen decir que la homosexualidad es una enfermedad y que es un pecado”. Para la ONG Colombia Diversa estas impresiones surgen en “los imaginarios sociales que se ha unido el deber ser religioso del deber ser social que hemos aprendido”, afirma Hernández.

Y es que es imprescindible añadir la declaración de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas: “Las cinco dimensiones prioritarias que han sido identificadas para la medición en el Índice de Inclusión LGBTI son: participación política y cívica, bienestar económico, seguridad personal y violencia, salud y educación”.

Sin embargo, el factor cultural colombiano, mediado por su historicidad y tradición conforman “ideas de que eso se puede corregir y cambiar”, explica Hernández. “Piensan que es como un carro que se averió y se puede reparar”. Lo que lleva a entender aquel comienzo de esta categoría relacionada a la historia de Sergio Castro.

El análisis de los antecedentes expuestos anteriormente por las distintas fuentes lleva a preguntarse ¿A qué conducen estas posturas en el campo emocional y psicológico de las personas no heterosexuales?

 

 

“Nacer con la piel oscura en una familia racista”

Cuando ya no queda más que decir, llegan los daños, con ellos, un revuelo de sensaciones imprescindibles en el marco de la afectación. En este proceso entra lo que Hernández describe como “discriminación autoafirmada”.

Al abordar este espacio de conversación, el oficio se vuelve meticuloso, las fibras son sensibles y los comentarios fríos envuelven; el autorechazo comienza desde cero como lo afirma Castro: “Tú creces con ese mismo odio y rechazo hacia ti por lo que te vienen criando, a pesar de que no tienes la culpa o la intención de dañarte ni a ti ni a nadie”.

Notar que su expresión en tercera persona lo hace más vívido en el relato se une a las palabras de Hernández sobre casos que ha presenciado, “una persona me decía que no hizo su tránsito hasta que su madre falleció porque sentía que se lo debía”, exclama. “Pasan por una etapa de auto repudio: yo cargo con un pecado dentro de mí y siento que debo disculparme ante un Dios por ser así”, continúa Hernández.

Encajar una respuesta tras otra cobra sentido, la psicóloga Ariza enfatiza en “las relaciones y dinámicas dentro de la familia, pues inciden de forma determinante en la configuración de la personalidad, la identidad y el rol social de sus integrantes”.

El testimonio de vida de Castro determina esta postura, “se construye un imaginario, en mi caso, era el miedo a que me hicieran sentir como alguien que tenía que cambiar, que estaba mal, que daba asco, alguien que tenía que ser como los demás”, confiesa con cierto desaire.

Hernández concuerda al sostener que “las personas pasan por un momento de castigo así mismos por esto”, asegura que este pensamiento está sujeto a la culpabilidad y “sentirse mal consigo mismos” dentro de una familia con fuerte discernimiento religioso.

Las ideas surgen en esferas distintas, al hablar con Cabrera sobre las situaciones de rechazo, expone que en su iglesia, “llegan casos en los que niños dicen que nunca pertenecieron a la comunidad LGBTI, solo estaban confundidos por no poder contar con una autoridad como son los padres”.

“Desde mí mismo pensaba que estaba mal, que había algo defectuoso e inconcebible en mi, fue como nacer con la piel oscura en una familia racista”, manifiesta Castro.

Ariza analiza a la familia como “el lugar en el que se desarrolla el concepto de sí mismo”, lo que pone de manifiesto el cuestionamiento sobre la participación del primer núcleo social en la psicología de la personalidad.

Elvira Arango no puede dejar este espacio en blanco, determina que es la parte más crucial y difícil de la aceptación, “cuando no lo acepta la familia, no puede reconocer su sexualidad y no puede tomar decisiones sanas”, afirma. Incluye también las consecuencias que considera más fuertes, como el bajo rendimiento en la emocionalidad, la tristeza, depresión, “se les tiran la vida”, dice conmovida.

 

“Desde mí mismo pensaba que estaba mal, que había algo defectuoso e inconcebible en mi, fue como nacer con la piel oscura en una familia racista”, manifiesta Castro.

 

 

Pensamientos suicidas 

“Hubo comentarios como, “prefiero a mi hijo muerto que gay”, cuenta con tristeza Hernández como parte de sus experiencias en la ONG. Tal como el proceso de Castro, quien debido a la exclusión de su familia pasó por un momento doloroso y lleno de obstáculos; al hablar de las secuelas que trajo consigo su historia de vida asegura, “es como si te criaran desde chiquito diciendo que eres feo, que vales menos, que no tienes un lugar en la sociedad”.

Prosigue con la frase que desencadenó este capítulo, “te vas a convencer de que no vales, que eres menos, que tienes que cambiar porque es tu culpa”, la conmoción de verse cubierto por un mundo intolerante, lo llevó a una decisión trascendental.

“Después de eso, las afectaciones me llevaron a crear pensamientos suicidas, en donde decía si ni siquiera las personas que más amo y que deberían estar al lado mío no están, cómo esperaré que las demás lo hagan”, declara Castro.

Argel contextualiza las afectaciones que genera el rechazo: “No quieren perder a su familia, no quieren que los echen de la casa, no quieren perder a sus amigos, no quieren perder su trabajo”, concluye mientras se quiebra su voz.

Elvira a partir de su vivencia en Fauds expone: “Lo más triste es la baja autoestima, te pone en riesgo, hacia la violencia o quitarse la vida”. Al mismo tiempo, Argel argumenta que “estos dedos que apuntan hacen que la gente viva con miedo…viven con miedo o simplemente se matan”.

Muchas personas no logran ganar la batalla, otros como Castro encuentran la manera, ” no es sino hasta el momento en que dejé de tomar estos prejuicios que me habían puesto en la cabeza, que empecé a tomar mis propias decisiones y elecciones desde la razón objetiva”, indica.

 

Diálogo y soluciones a través de la educación

Sin dudar Ariza asevera que “este es un hecho multifactorial, depende de la crianza, la educación, el reconocimiento de los derechos y deberes”

Aprender a ser optimistas en un entorno sombrío se remonta a la primera base de la sociedad colombiana, un aspecto en el que falta mucho terreno, pero en el que se sitúan las esperanzas más fuertes.

“Muchas veces el rechazo de la diversidad sexual tiene que ver con el desconocimiento de experiencias de vida”. Hallar razón en esta frase de Hernández no resulta alejado, más bien se convierte en una especie de solución pues, de acuerdo a  la experiencia de la psicóloga Ariza ella determina que  “a través de la educación, se da el cultivo del conocimiento sobre la sexualidad humana”.

En este proceso, quienes lo han vivido en carne propia también ponen sobre el debate el papel del diálogo y las imposiciones ¿Cómo chocan en la crianza?, “está muy bien enseñarle, mostrarle muchas cosas, la diversificación; pero no el hecho de imponer lo que tú quieres”, opina Castro.

“Ahí es donde aparece el diálogo, para llegar a un consenso, con aportes quedan buenos resultados”, responde Arango sobre las relaciones entre padres e hijos, además, propone que en la comunicación y la religión “los hijos son los mejores maestros y ayudan a moldear esas creencias religiosas, a cuestionar si las acciones tienen valor”.

Por su parte, Hernández precisa importante este aspecto promoviendo los diálogos improbables, “se trata de sentar personas LGBTI, católicas, cristianas a escucharse y hablar”.

Es crucial desenredar las posturas de rechazo dentro de los núcleos familiares, precisamente a esto se ha dedicado Argel y su madre en la formación de su hermana, “Ella entiende que no es niña por el hecho de nacer con x o y cosa, sino porque ella se identifica como una niña”; observa que el comportamiento de su hermana ha evolucionado, “cuando le expliquen en su colegio que niño es esto y niña es esto, ella va a decir que así no es y se va a cuestionar”.

Precisamente al hablar de la intervención parental, Arango es clara: “Los padres deben estudiar y evolucionar en el conocimiento”, se encarga de acentuar esta frase con determinación ya que para ella el problema es la inconsciencia y falta de educación en diversidad sexual.

Ariza concatena estos factores explosivos como condicionales en el reconocimiento de la comunidad: “La exclusión, el desconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos y la violencia de género”.

“Una manera muy sabia de actuar es simplemente no querer imponer a los demás, ni siquiera a los propios hijos”, propone Castro a partir de la realidad que afronta con su familia, en especial con su madre.

Sin dudar Ariza asevera que “este es un hecho multifactorial, depende de la crianza, la educación, el reconocimiento de los derechos y deberes”. Sobre esta línea, las Naciones Unidas reconoce que, “actualmente, sin embargo, existe una enorme brecha en los datos globales disponibles sobre la inclusión de las personas LGBTI”, un espacio clave en el proceso de avances sociales respecto a las instituciones formativas, abriendo espacio a la jurisprudencia.

 

 

Legislación colombiana e internacional

“Los derechos humanos son universales, no pueden invocarse prácticas y creencias culturales, religiosas, morales ni actitudes sociales para justificar violaciones de derechos humanos contra ningún colectivo, incluyendo las personas LGBTI”, afirma la Declaración Conjunta de las Naciones Unidas.

Dentro de la discusión están los razonamientos pesimistas, Hernández como encargada de la mesa jurídica de la ONG Colombia Diversa, articula de manera contundente que no cree en soluciones universales, afirma con mucha determinación: “En Colombia el tema de sentencias y el ámbito judicial ha sido de gran avance, pero nos quedamos como balsa rota”.

Esa balsa rota a la que hace referencia la abogada, la encarna Castro: “Tu esperas el apoyo al menos de las personas que supuestamente te aman incondicionalmente y no te condicionan”, asegura mientras mira cabizbajo una hoja de papel que pasa con el viento.

“El código de policia establece que no se puede sancionar a las personas por expresiones de afecto en espacios públicos en virtud del sexo de la pareja, aún así hay policias que creen que es legítimo sancionar”, argumenta Beldys Hernández, abogada de la ONG Colombia Diversa, hablando de la cotidianidad.

Y es que el espejismo del respeto se infunde incluso desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el artículo primero: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Del mismo modo, la cláusula número dos concatena que los derechos no dependen de distinción por raza, color, sexo, religión, opiniones sociales o políticas o cualquier otro aspecto. Esto encuentra relación con las palabras de Hernández al sostener que, “tiene que haber acciones en todos los escenarios, educativo, comunicativo, desde lo que se sube en redes sociales, en lo que se dice en medios de comunicación, que influye tanto en los cambios culturales”.

Definitivamente hay que enlazar la Constitución Política de Colombia para entender, en el Sagrado Corazón de la carta magna, en qué condición se encuentra la comunidad LGBTI. Conforme el primer apartado “Colombia es un Estado social de derecho (…) democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general”.

“La legislación colombiana en la población sexualmente diversa tiene todo el apoyo pero en la sociedad no”, argumenta Elvira Arango. La base de la ley colombiana define los fines fundamentales de la responsabilidad del Estado en el servicio a toda la comunidad, la promoción de la prosperidad general y la garantía de los principios, derechos y deberes consagrados en la Constitución.

Sin embargo el factor cultural y tradicional trasciende el papel y la pluma, aunque el estatuto precisa que “las autoridades de la República están instituidas para proteger a todas las personas residentes en Colombia, en su vida, honra, bienes, creencias, y demás derechos y libertades, y para asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado y de los particulares”, en la convivencia no se ve.

La psicóloga Ariza sostiene que, “la concepción de sexualidad humana que se promueva, las políticas sociales y el reconocimiento a la dignidad de cada persona” son fundamentales para que se complan las leyes propuestas en Colombia.

No obstante, Castro manifiesta que en el país existe un participante clave en las decisiones, “el tema de la iglesia es que todos cumplan las leyes que ellos emiten, imponen sobre las personas, y en este caso personal sobre la orientación sexual “incorrecta” -como dicen ellos- de las personas “, explica.

A esto, las Naciones Unidas tiene la respuesta: “Los líderes políticos, religiosos y comunitarios, las organizaciones de trabajadores, el sector privado, los profesionales de la salud, las organizaciones de la sociedad civil y los medios de comunicación también tienen un papel importante que desempeñar en este sentido”, si bien mencionan a los actores religiosos, el sinsabor queda, pues no se menciona el primer núcleo social.

 

Al final…

Colombia se muestra incoherente con las nuevas demandas sociales que piden a gritos la construcción social de un nuevo país en las calles.

El análisis de este reportaje obtiene resultados determinantes para el estudio del arraigo religioso en Colombia; la iniciativa de ligar temas de diversidad e iglesia sigue siendo un tabú en el país y el cumplimiento de los derechos humanos se desvanece como arena entre los dedos.

La discriminación no distingue, está presente incluso en la generación par (jóvenes), pues la inclinación religiosa es muy relevante; la aceptación de las poblaciones continúa permeada por las interpretaciones sociales e imaginarios impartidos desde la crianza que ha visto su fundamento en la historicidad.

Si bien hallar resultados sobre el papel fue sustancial y el precepto judicial colombiano es muy completo con relación a la población LGBTI, los preceptos que asocian directamente la religiosidad con la discriminación por orientación sexual son casi nulos.

Este reportaje propone ampliar la conversación específicamente sobre esto, pues, aunque no es un tema con amplio estudio en Colombia, es de interés comunicacional ver de manera crítica qué se está construyendo como país frente a las relaciones parentales en las que influye en gran medida la creencia espiritual.

La tradición y cultura aparecen como poseedoras de todo lo establecido, desde el levantamiento de las familias tradicionales colombianas hasta las reglamentaciones y participación política de la iglesia. El ocultamiento y el “qué dirán” tomaron gran partido en el desarrollo del reportaje, convirtiéndose en un precedente que rige, no solo a nivel nacional, sino que trasciende fronteras como característica latinoamericana.

Así, Colombia sigue descansando en los laureles del arraigo religioso en el rechazo a la población LGBTI que de manera implícita desgarra la identidad y concepción de la comunidad en la instauración de la supuesta “gloria inmarcesible”, mostrándose de manera incoherente con las nuevas demandas sociales que piden a gritos la construcción social de un nuevo país en las calles y que cada día retumba más y más en cada rincón  de la nación del Divino Niño, la Sagrada Familia y el Sagrado Corazón. 

 

 

 

 

 

Por: Paula Camila Ortiz Márquez

Periodista, corresponsal Periódico La Calle.

Bogotá-Colombia.

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