Un arma de doble filo

Un arma de doble filo

Por Ignacio Paz Palma

 

La tecnología y el periodismo tienen una relación estrecha e inseparable a los largo de toda la historia de este oficio. Desde la imprenta en el siglo XV hasta las redes sociales del siglo XXI, en cada descubrimiento y adelanto la profesión ha sabido adaptarse y usarla para su beneficio.

 

Qué duda cabe que los medios han mutado según avanza el desarrollo tecnológico.  Gracias a la tecnología los líderes de opinión tienen mayor presencia y desde el oficio se ve la obligación de producir cambios en la forma de hacer periodismo y de consumir productos informativos.

La investigadora Claudia Mellado Ruiz manifiesta que “es la sociedad del conocimiento y sus implicaciones tecnológicas, económicas y sociales, la que exige nuevas prácticas de la ejecución del periodismo, más allá de la producción de contenido de prensa”. La autora deja abierta una puerta importante de análisis al manifestarse sobre la exigencia de nuevas prácticas, estas no solo tienen que ver con el uso de la herramienta, sino, cómo y para qué se usa.

La reflexión de Mellado nos invita a pensar cómo los medios logran orientar el uso de las redes sociales hacia un objetivo responsable y acorde al poder que tienen. Nuevamente el tema ético cobra relevancia suprema, el manejo de la información certera y profesional es clave para contrarrestar fenómenos nefastos como las noticias falsas. La pregunta que surge es ¿Cómo se le da un uso adecuado a la tecnología?

Con un click se puede llegar a más receptores que nunca antes en la historia de la humanidad y ese poder que da este tipo de comunicación debe ser llevado de manera responsable con valores que echen por tierra cualquier intento de malas prácticas. El desafío para el periodismo moderno que se desarrolla en las plataformas de internet radica, entre otras formas, en enfrentar el fenómeno de las fake news.

 

Como vemos, el virus es peligroso, se esparce libre y peligrosamente por la red, entonces ¿Cómo hacemos para que la tecnología esté al servicio de la comunidad?  La respuesta es difícil cuando vemos que constantemente se pone al servicio del poder y las consecuencias han sido nefastas para el desarrollo armónico de la sociedad. Casos concretos los vemos día a día en todos los rincones del planeta.

 

Hace unos años el Instituto de Tecnología de Massachusetts, hizo un estudio a través de datos sobre 126.000 rumores en Twitter entre los años 2006 y 2017, que fueron difundidos por 3 millones de personas, los resultados arrojaron que las noticias falsas llegaron a más destinatarios que las informaciones verdaderas. El 1% de las noticias falsas se difundió entre 1000 y 100.000 personas, mientras que la verdad en muy pocas ocasiones se dispersó en un número superior a 1000 personas. En cuanto a la velocidad, también la mentira fue más rápida que la verdad.

Queda claro que la gran cantidad de información que corre por las redes sociales no tiene filtro ni tratamiento profesional y derechamente desinforma a la población. Además, en el último tiempo hemos sido testigos directos de cómo este  fenómeno no solo afecta a las noticias, también está presente en las organizaciones, en los discursos políticos y en los resultados electorales.

Jonathan Albright, director de Investigación del Tow Center for Digital Journalism de la Universidad de Columbia, explicó, en entrevista para el diario La Nación de Argentina, que “algunas de las motivaciones de las fake news son económicas y buscan un aumento del tráfico de clicks”. Agrega que este fenómeno comunicacional también tiene un trasfondo político y que se publican en tiempos de elecciones con la intensión de modificar el comportamiento del votante.

Como vemos, el virus es peligroso, se esparce libre y peligrosamente por la red, entonces ¿Cómo hacemos para que la tecnología esté al servicio de la comunidad?  La respuesta es difícil cuando vemos que constantemente se pone al servicio del poder y las consecuencias han sido nefastas para el desarrollo armónico de la sociedad. Casos concretos los vemos día a día en todos los rincones del planeta.

El problema es que no todo depende de los periodistas, también hay una cuota más que importante en los medios de comunicación y en las empresas informativas. Según el periodista Omar Rincón en su artículo Periodismo Mutante y Bastardo del año 2017, “los medios han creado estrategias para estar en las redes digitales y tener millones de clics, likes y trending; poco les importa si para eso hay que emitir posverdades, estupideces, chantajes religiosos o salvajismo de género”.

Rincón agrega que no hay un límite ético cuando un medio maneja la imagen de un criminal para convertirlo en celebridad o dan tribuna a líderes de opinión que fomentan discursos de odio. Es claro y taxativo al aseverar que “esto es así porque están más interesados en la plata que en el oficio, ya que los medios son más empresas que democracia”.

La tecnología nos lleva a la reinvención y sabemos que el periodismo no escapa a eso, estas deben y pueden aplicarse para el beneficio comunitario, para lo social en vez de marginar la acción periodística a meras relaciones públicas, en caso contrario la reciprocidad entre  el uso de las tecnologías y el buen periodismo simplemente será una declaración de principios que quedará entrampado en las lodosas huellas de los clicks y likes. Eso ya está ocurriendo.

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