Figuritas del mundial

Figuritas del mundial Imagen referencia (I.A)

Pronto comenzará un nuevo Mundial de Fútbol. Será el primero con 48 selecciones, una expansión que abrió las puertas a más países que nunca en la historia, sin embargo, Chile no estará por tercera edición consecutiva. Si alguna estadística retrata con crudeza el estado de nuestro fútbol, es esa.

 

Por Juan Francisco Ortún Quijada.

 

No estamos hablando de haber quedado fuera en un torneo con pocos cupos y una competencia feroz, estamos hablando de una clasificación más accesible que nunca. Mientras selecciones que históricamente observaban a Chile como un referente deportivo, hoy celebran su presencia mundialista y nosotros seguimos acumulando excusas. El problema dejó de ser una mala generación, un entrenador equivocado o una campaña desafortunada. El problema es estructural.

Durante años se vivió de la renta de la llamada “Generación Dorada”. Se confundió un éxito extraordinario con un modelo de desarrollo exitoso. Mientras otros países fortalecían sus divisiones menores, profesionalizaban sus competencias y ampliaban sus bases de talentos, Chile se quedó contemplando los trofeos de las Copas América como si fueran una garantía de futuro y no lo eran.

 

Mientras el mundo se prepara para jugar, Chile vuelve a ocupar el peor lugar posible en el fútbol: el de espectador resignado y esa, más que una derrota deportiva, es una derrota cultural.

 

El resultado está a la vista. Estadios vacíos, clubes endeudados, formación deficiente y una selección incapaz de competir al nivel que exige el escenario internacional. Lo más preocupante es que la ausencia dejó de provocar sorpresa y se ha normalizado el fracaso. Cuando una sociedad deportiva se acostumbra a perder, el deterioro es mucho más profundo que una eliminación.

Quizás la imagen más simbólica de este momento no está en una cancha, sino en las plazas, centros comerciales y reuniones donde miles de niños y jóvenes intercambian láminas del álbum del mundial. Es una tradición hermosa, cargada de ilusión y compañerismo. Pero también encierra una amarga paradoja: la principal conexión emocional de una nueva generación con la Copa del Mundo no es ver a Chile competir, sino pegar figuritas de otros países.

Las jornadas de intercambio de láminas convocan hoy más entusiasmo que muchos partidos del campeonato nacional y eso debería encender todas las alarmas. Porque el problema ya no es solo que Chile no clasifique. El problema es que el Mundial se ha transformado en una fiesta ajena.

Mientras el mundo se prepara para jugar, Chile vuelve a ocupar el peor lugar posible en el fútbol: el de espectador resignado y esa, más que una derrota deportiva, es una derrota cultural.

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