La violencia en los establecimientos educacionales es el problema que hoy nos ocupa. Esa es la punta del Iceberg. La solución inmediata y reactiva es legislar el proyecto de Escuelas Protegidas que impulsó el gobierno y que fue aprobada en la Cámara de Diputados por amplia mayoría. No es primera vez que se busca solucionar con castigos. Tenemos la ley de Aula Segura que calmó las aguas pero con el tiempo su efecto se disipó.
Por Ignacio Paz Palma. Periodista.
Entre los puntos más vistosos están la facultad de revisar mochilas y bolsos para evitar el ingreso de elementos que revistan peligro. Perder la opción de gratuidad en la educación superior en caso de ser condenados por delitos tipificados en el proyecto y traspasar a los padres o tutores los costos de los destrozos y daños que se puedan generar. Hay más, pero esos son los centrales. Ese es el dato duro, más allá de las posiciones políticas que están a favor y quienes critican.
No es primera vez que Chile busca solucionar el problema con castigos. Ya tenemos la ley de Aula Segura que calmó las aguas un rato, pero con el tiempo su efecto se disipó.
¿Pero tenemos claridad de cuál es la raíz del problema?
El abogado penalista Nelson Salas Stevens, manifiesta en una columna de El Mostrador que cuando la violencia se instala, llega para quedarse y que este tipo de medidas es solo un frágil muro que por un rato contiene el asunto y evita que se expanda. Como lo que pasó con Aula Segura.
Pero hay una parte de su reflexión que me hace mucho sentido: Si la violencia no se erradica de los colegios el futuro de toda nuestra sociedad se compromete, porque donde se debe enseñar para ser ciudadano, se terminará enseñando violencia.
“Los niños y jóvenes aprenden del ejemplo, de las acciones de sus pares y de los adultos. Mucho más que de la teoría y cátedras”, dice Salas.
Entonces, con ese razonamiento que podría parecer simple, volvemos a algo que en este espacio se ha desarrollado en reiteradas oportunidades: De qué manera nos estamos comportando como sociedad.
La violencia no es un hecho casual. Es una fuerza que aparece cuando se fracturan las confianzas, cuando se agrieta la capacidad de diálogo y cuando los argumentos no son suficientes para llegar a los acuerdos necesarios y avanzar en armonía. Acá no se trata de pensar todos iguales. Se trata de respetarnos en la diferencia.
Cuando somos testigos de las desigualdades, cuando vemos a los líderes culpándose unos a otros por lo que se hizo o no se hizo. Cuando somos testigos de las democracias que se desmoronan para dar paso a las ideas autoritarias. Cuando vemos a los adultos insultándose en la calle –con los hijos como testigos – entonces no podemos pensar que las generaciones que vienen actuarán de manera distinta.
El individualismo, el acceso desigual a la educación y salud, el ritmo de vida y las brechas económicas también son violencia. Entonces si damos vuelta esa punta del iceberg, vemos que por debajo existen múltiples factores que, si no se abordan, cualquier ley será un acto efectista más que efectivo.
Hoy, cuando las escuelas se transforman en el espejo de la sociedad que construimos los adultos, la tarea más urgente que debemos asumir como PAÍS es comenzar a formar ciudadanos para la paz, porque si no, la violencia será normal e iremos de mal en peor.

