Entre pasos y tiza

Entre pasos y tiza

Cae la noche junto al flujo peatonal y Juan, cuyo rostro delataba su cansancio, acababa de terminar de plasmar su arte en el suelo con ayuda de la última luz artificial, proveniente de una pastelería a sus espaldas que, coincidentemente, bajó la cortina coordinadamente con su último trazo en la vereda.

 

Por Vicente Rojas Contador

 

A pocos metros del imponente Costanera Center, en el corazón de Providencia —donde todo va rápido e invariablemente se camina sin observar—, está Juan Piñones, de rodillas en el suelo, con las manos llenas de tiza y su extenso cabello negro rozando los adoquines en la vereda, dándole vida a un Pokémon que capta la atención de los transeúntes.

“Tengo más o menos listo al Squirtle pero todavía tengo que hacer al Pikachu que va a ir ahí arriba, voy a terminar como a las 20:00” explica el artista con timidez, cuando se le pidió una entrevista a eso de las 15:00 horas, antes de volver a ponerse los audífonos para adentrarse en su mundo.

A medida que el sol se esconde y el cielo del atardecer pinta las calles de naranjo, la escena se repite: gente observa la obra, otros se sacan fotos con el dibujo aún sin terminar, mientras algunos pasan por encima sin siquiera notar que Juan estaba ahí.

Cae la noche junto al flujo de personas y Juan, cuyo rostro delataba su cansancio, acababa de terminar de plasmar su arte en el suelo con ayuda de la última luz artificial que le llegaba, proveniente de una pastelería a sus espaldas que, coincidentemente, bajó la cortina coordinadamente con su último trazo.

“Empecé haciendo imágenes religiosas, la primera que hice fue la Teresita de los Andes afuera de la catedral de Santiago” comenta el artista, quien hoy tiene 37 años y dibuja casi exclusivamente personajes de anime, recordando sus inicios en el arte callejero hace 10 años.

Piñones aclara que no se considera religioso pero que el arte que practica, denominado Arte madonnari, tiene origen en la Italia del siglo XVI y se caracteriza, no solo por el uso de la tiza en el suelo, sino que también por retratar figuras religiosas.

 

Desde el 2022, Juan se levanta todos los sábados a las 5:00 Am para estar en 30 minutos en el paradero para esperar la micro que lo lleva desde Valparaíso hasta el terminal de Viña del Mar.

Sobrevive con un pan, un plátano y una barrita de proteína. “Es sacrificado, pero me gusta a pesar de que me mato las rodillas, además, la parte económica me ayuda porque la verdad es que me va bien acá”, agrega el artista callejero.

Juan cuenta que ha probado suerte mas cerca de su casa, en la Región de Valparaíso, tanto en el puerto como en Viña del Mar pero que las propinas no alcanzan los mismos montos que en Providencia: “Allá no conectan tanto, en cambio acá la gente lo aprecia y por lo tanto también aporta”.

De lunes a viernes Juan estudia veterinaria, por lo que planea dejar de viajar a Santiago los sábados una vez que se titule, “A mi me encanta, por mí lo haría toda la vida, pero llega un punto en el que van pasando los años y las rodillas empiezan a doler y ahí hay que tener cuidado”, comenta.

 

Su relación con el entorno

Sus jornadas no siempre son tranquilas: “Los guardias municipales me trataron de sacar como dos veces, pero ya como que me respetan”, además, agrega que con el tiempo se ha convertido en parte del entorno: “Mi relación con la gente es buena, me quieren harto. De hecho, una vez un cabro creyó que un guardia me estaba sacando y lo encaró para que no lo hiciera. Me defendió”, dice, mientras se le dibuja una sonrisa al recordar la anécdota.

Juan recalca que, así como ha tenido buenas experiencias, no han faltado los malos ratos: “Una vez una señora me advirtió, me dijo que me habían sacado un billete de las propinas, desde ahí que siempre guardo los billetes” cuenta el artista, a quien no solo le han robado dinero: “También me robaron el teléfono, un IPhone 13 pro, quedé en shock y no pude seguir dibujando, pero no dude en seguir viniendo todos los sábados”, agrega.

Piñones confía en el entorno a pesar de las situaciones que ha pasado. “La calle es de todos, yo prefiero no entrar en conflictos con la gente” comenta refiriéndose a aquellos que le pisan el trabajo o que incluso han llegado a pasar a llevar sus cosas.

El clima también juega un factor importante en la jornada: “El verano es todo un tema porque se calienta mucho el piso” dice mientras acaricia el ladrillo seco del suelo, por otro lado, lo contrasta con los días fríos de invierno, donde asegura que es difícil dibujar con las manos congeladas.

 

Al final del día

A pesar de las 10 horas que le dedica a su trabajo, es la misma calle la que termina decidiendo el destino de su obra, “Me ha pasado que hago un trabajo y al día siguiente llueve y desaparece todo”, comenta un poco decepcionado, pero entendiendo que es parte del proceso.

Juan siempre finaliza el día sentado junto a su obra fresca, “En parte la cuido y por otra parte la gente te va aportando si te ve, así me cunde el día y todo el sacrificio vale la pena”, comenta mientras ve la hora en su celular y guarda sus cosas para partir caminando al metro Tobalaba.

“Sé que si no llego al metro a las 9:00 pm puedo perder el bus”, señala Juan, con la voz agitada por la caminata. Lo aborda en estación central a las 21:30 horas, de esa manera llega al terminal de viña a las 23:30 y a su hogar en Valparaíso a la media noche.

El personaje de anime al cual Juan le dio vida no sobrevive en la semana. El domingo sigue atrayendo miradas, el lunes ya son pocos los que se detienen y para el jueves ya es solo una mancha pisoteada por los transeúntes. El sábado, sin embargo, Juan vuelve, toma la tiza y comienza todo otra vez.

 

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