Damas con un corazón rojo

Damas con un corazón rojo

Son el último refugio de quienes enfrentan alguna enfermedad en soledad. Un grupo de voluntarias que hoy están en riesgo de desaparecer. Con solo 12 mujeres activas en San Bernardo, las Damas de Rojo de esa comuna resisten una crisis de recursos y vocación. Desde los fríos pasillos de un hospital cuentan su historia.

 

Por Ismael Lagos Maliqueo.

 

En el Hospital Parroquial, uno de los principales recintos asistenciales de la comuna, se siente un silencio tenso, interrumpido por pasos apurados, respiraciones agitadas y un murmullo lejano que sale de una televisión mal sintonizada. En un rincón de ventanales en la sala de urgencia están las Damas de Rojo.

Vestidas con delantal y zapatos blancos, recorren cada área del hospital con una libreta en la mano donde anotan a los pacientes que necesitan pañales, útiles de aseo y ropa, los cuales son financiados por aportes personales de las mismas voluntarias. Fundamentalmente, actúan como un puente afectivo y de contención con la comunidad, llenando así vacíos emocionales que el sistema de salud profesional no siempre logra cubrir por sus altas exigencias.

El semillero Rojo

El voluntariado de las Damas de Rojo de San Bernardo contienen una historia profunda, sus orígenes se remontan desde un 28 de junio de 1971, gracias a la iniciativa de Ruby Gálvez, una asistente social de la Maestranza de Ferrocarriles, que gestionó ayuda a los familiares de pacientes, cuando la incertidumbre era absoluta. Gracias a su trabajo, un grupo de mujeres se transformaron en el puente de información y acompañamiento que el hospital no lograba construir.

Se recuerdan con nostalgia la época cuando era un ejército de 90 mujeres voluntarias. Hoy la realidad es otra, solo quedan 12. El paso del tiempo y la falta de nuevas integrantes han causado una preocupación en la agrupación. Para la presidenta del grupo, Carmen Salgado, la vocación de servicio se ha desintegrado porque las personas buscan una remuneración, a pesar de que este es un trabajo realizado desde el acto solidario sin esperar nada a cambio.

Entre las integrantes comentan lo difícil que ha sido mantenerse en pie con tan pocas voluntarias. Durante la semana realizan turnos ya que el personal no da abasto. A pesar del agotamiento físico de estar de pie toda una jornada de trabajo, ellas muestran una sonrisa, en un acto de profunda bondad.

 

El peso del color rojo

Cuando se refieren a su labor aseguran que llevar el delantal rojo es cargar con un peso emocional que a menudo las deja descolocadas. El abandono es una realidad palpable, especialmente en festividades, cuando algunos familiares dejan a sus enfermos hospitalizados y entregan números de teléfono inexistentes para evitar ser contactados.

Las voluntarias enfrentan realidades crudas: Iris Arias y Gilda Irribarra recuerdan con especial cariño a una bebé que permaneció seis meses bajo su cuidado en el hospital después de que su madre desapareciera tras el parto.

−Durante ese medio año, nos trasformamos en su única familia, costeando desde la mamadera y los pañales hasta el ajuar completo –comentan con especial emoción.

Aunque la pequeña finalmente fue entregada en adopción, su historia permanece como un recuerdo preciado y una prueba del amor incondicional que estas mujeres entregan a desconocidos.

−El carácter y la fortaleza para enfrentar aquellas realidades es primordial para esta labor –sostiene Viviana Figueroa, quien asegura que no es fácil mantener la entereza cuando se es testigo del abandono o del dolor ajeno.

 

Viviana Figueroa, Gilda Irribarra e Iris Arias.

 

Tres delantales, una vocación

 Iris Arias tiene 15 años en la agrupación y, aunque se considera como una de las nuevas dentro del grupo, su entrega es total. Tras criar a sus hijos, prefirió el servicio hospitalario por sobre otras actividades recreativas, pues siente que “ya viene de vuelta”. A pesar de lidiar con los problemas de salud de su marido, nada la detiene.

−El hospital es un espacio de refugio donde recibo el amor necesario para enfrentar mis propias batallas personales –explica.

Por su parte, Viviana Figueroa es una de las más antiguas en la institución con treinta y cinco años de servicio. Comenzó su labor en Antofagasta, tomando el bus de los escolares para llegar al hospital y regresar a casa cerca de las 19 horas para atender a su familia. Tras el traslado de su marido a la zona central, llegó a San Bernardo, lugar donde ha hecho gran parte de su carrera.

En tanto, Gilda Irribarra, con 22 años como Dama de Rojo, al igual que sus compañeras destaca que su motivación principal es acompañar a quienes están soledad en la enfermedad.

−Recuerdo con especial cariño al Hospital El Pino, un lugar marcado por el abandono y la vulnerabilidad. Ahí presté servicio por quince años enfrentando desafíos de seguridad e infraestructura –relata.

Fue testigo de asaltos y maltratos dentro y fuera de las instalaciones. Aun así, Gilda reafirma su vocación: “Yo amo El Pino, lo amo”, enfatizando que es ahí donde más falta hace su presencia.

 

Sentir y Refugio

Cuando se les pregunta la reacción de los pacientes, las tres sonríen. “Se emocionan y nos hacen llorar”, confiesan. La gratitud se expresa en gestos simples: una tibia y delicada apretada de mano, una poesía o una simple canción.

Con el tiempo, algunos se convierten en sus “pacientes regalones”. Uno de ellos, un hombre ciego y amputado, las reconoce apenas entran a la sala: “Mami Gilda, Mami Gilda”, susurra al oírlas.

− Hoy nosotras somos su familia −afirma con emoción Gilda Irribarra.

Elsa Vera, enfermera coordinadora del Hospital Parroquial sostiene que “sin la presencia de las Damas de Rojo existiría un profundo vacío y una soledad eterna para los pacientes”. Para la profesional, la labor de asistencia es vital.

− Ellas llenan espacios que nosotros no somos capaces de llenar −confiesa. Reconoce también que el personal médico y el voluntariado son el complemento perfecto para sostener la humanidad dentro de los hospitales.

 

Los desafíos de ser voluntaria

A pesar de su importancia, las Damas de Rojos enfrentan desafíos que amenazan su continuidad. El relevo generacional es su mayor preocupación, la falta de nuevas voluntarias ha reducido el grupo, obligándoles a limitar su presencia en otros recintos hospitalarios. El financiamiento es otra complejidad, todo lo que entregan, desde un té para la sala de urgencias hasta pañales o útiles de aseo, sale de su bolsillo o de una colecta anual.

Por ello el mensaje a las autoridades es claro. Más que un reconocimiento, piden apoyo material concreto y un respaldo que permita costear los insumos básicos. La labor sobrevive gracias a la autogestión: las voluntarias realizan cuotas mensuales y rifas internas para financiar los útiles. A su vez, sueñan con un proyecto de ley que proteja y mejore las condiciones en las que sirven, hoy operan en espacios muy reducidos. Todo esto para asegurar la institución que ha sostenido por más de 70 años a nivel nacional a miles de pacientes.

En un sistema de salud que a menudo se mide por la eficiencia de sus camas y la rapidez de sus diagnósticos, las Damas de Rojo representan el sostén emocional de quienes han sido olvidados por el mundo exterior.

Para el paciente que no tiene visitas, para el abuelo que no tiene red o para el enfermo que despierta en la confusión de una cirugía, el delantal rojo es el único vínculo con la ternura y la dignidad. Son el complemento humano necesario: mientras el personal médico sana el cuerpo, estas mujeres se encargan de reparar el espíritu. Mantener viva esta institución que lleva 55 años de historia, es una necesidad urgente para asegurar que el hospital siga siendo, ante todo, un lugar de humanidad y no solo un edificio de enfermedad.

 

Congreso Nacional Damas de Rojo, Puerto Montt 2024.

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