Marta Encina nunca logró vivir la jubilación que imaginó. Tras décadas de trabajo, su vida quedó absorbida por el cuidado de sus padres. Una rutina sin descanso que refleja la carga silenciosa que miles de mujeres asumen en Chile, donde el amor, la obligación y el desgaste difuminan los límites entre vivir y cuidar.
Por Javiera Larenas Verdejo.
El despertar de Marta (67) es todos los días igual, una rutina marcada por la soledad, el sacrificio y el cansancio. Su día comienza a las 8:30 de la mañana, tratando de aprovechar el tiempo y atender su propia vida: sus remedios, alimentar a sus perros y el aseo mínimo de su hogar, ese es solo el inicio de su día. Sus padres, Hilda Vidal y Hernán Encina, viven a un par de cuadras de ella y todas las mañanas toma rumbo para sumergirse en el cuidado intensivo de ellos, una rutina de lunes a lunes que ella misma describe con una palabra que pesa sobre sus hombros: esclavitud.
Marta pertenece al 85,6% de las mujeres en Chile que cargan con el cuidado informal de sus familiares, en su caso, no hubo un acuerdo familiar ni un contrato firmado, simplemente ocurrió porque ella estaba disponible.
La cuidadora carga con un cuerpo que narra una historia de esfuerzo ininterrumpido. Empezó a trabajar a los catorce años, sacrificando sus estudios para que en la mesa de su madre, Hilda, no faltara nada.
A sus treinta y un años llegó su hijo César, a quien le atribuye toda su felicidad. Marta lo crio sacrificádamente, recuerda con dolor cómo tenía que sacarlo a la calle lloviendo, enfermo y con fiebre, para dejarlo encargado con alguien para irse a trabajar y llevar el pan a la mesa.
Trabajó durante 45 años con la promesa de una jubilación que le permitiera, al fin, descansar y salir, pero su destino parecía estar escrito, solo tuvo dos años de descanso antes de que la enfermedad de sus padres la reclamará.
− En ese momento dejé todo para cuidarlos de forma fija –relata Marta.
La disponibilidad de esta cuidadora no fue una elección libre, sino una obligación silenciosa. Una forma de herencia femenina que se transmite sin preguntarse. En Chile, la mayoría de los cuidados informales recaen en mujeres, hijas, esposas, nietas. Mujeres que abandonan trabajos, postergan proyectos y transforman su rutina en una extensión de la enfermedad ajena.
Marta es una de ellas.
Una cadena de ausencias
La soledad de Marta no es el reflejo de un vacío que dejaron quienes fueron su sostén. En 2018, la muerte de su esposo, Patricio, marcó el inicio de un desmantelamiento emocional. Aunque fue doloroso, se sentía preparada para su partida tras una larga enfermedad.
Lo que no pudo prever fue el golpe que vendría después.
—¿Qué fue lo que realmente cambió todo para usted, Marta?
— La muerte de la Paty, mi hermana. Eso fue choqueante, algo que nadie se esperaba, le dio un infarto fulminante de un momento a otro y se me fue mi hermana, mi amiga, mi confidente. Eso ha sido lo más triste de mi vida, mucho más que lo de mi marido.
—¿Que significaba ella para usted?
—Ella era mi compañía, con la que compartía un cigarro todas las tardes. La Paty no hacía mucho, pero podía ver a mis papas y yo irme unos días a la playa.
—¿Y su otra hermana?
— La Teresa, mi hermana menor, fue una gran ayuda para mí, nos repartíamos las cosas por hacer, pero ella se enfermó del hombro y la operaron. Desde entonces no ha podido volver a ayudarme.
Su madre, Hilda, de 86 años, ya no camina. La artrosis le fue quitando lentamente la autonomía hasta dejarla postrada. Necesita ayuda para levantarse, vestirse y comer, ya que sus huesos no la dejan valerse por ella misma. Su situación empeoró cuando hace aproximadamente 2 años se fracturó su pierna y nunca tuvo mejoras, al año después, debido a todo el estrés que conllevaba compartir su vida con un hombre duro, como lo fue su esposo, sufrió un ACV y nada volvió a ser lo mismo.

— A mí me da pena, no puedo ayudar a la Marta, ella está ahí sola. Si no fuera por ella ¿Qué sería de nosotros? —expresa Hilda, consciente de todo lo que pasa.
El padre de Marta se llama Hernán, de 87 años, tiene Alzheimer y demencia senil. Se convirtió en un niño. A veces no sabe dónde está, otras veces grita, insulta, amenaza con golpes. Los días con él son eternos, no terminan nunca, afirma Marta, nunca termina de limpiar, de lavar, de desinfectar, ya que debe limpiar sus necesidades durante todo el día y todos los días.
Lo que hace este cuidado más pesado es la memoria. Todos los hijos concuerdan en que Hernán nunca fue tan buen padre, ni estuvo presente, era un hombre “Don Juan”, marcado por el machismo, él nunca cambió. Marta, en momentos de lucidez de su padre le recalca que ni siquiera debería cuidarlo.
—¿Se siente cansada?
— Si, me siento muy cansada, pero no es un cansancio físico, sino mental, pero a pesar de los colapsos que vivo día a día, lo hago de corazón, no podría desligarme de ellos, aunque hubiese otra persona.
La casa apagada: El adiós del 18 de abril
El sábado 18 de abril, a las 12:30 del día, el ciclo de tensión se quebró. Hernán, falleció de un infarto. Para Marta, la muerte de su padre es un duelo que no sabe cómo procesar. El sacrificio será mucho menor, pero el vacío es inmenso.
Ahora queda Hilda, más sola y deprimida que nunca.
Sesenta y nueve años juntos, toda una vida. Fue una historia tejida entre la sumisión y el aguante, donde ella lo conoció siendo apenas una niña.
Hilda nunca dejó de amarlo, existía un vínculo inquebrantable, forjado en una época donde la mujer era sometida y el hombre mandaba.
Después del funeral de Hernán, Marta se sienta en el patio. Enciende un cigarro y mira como el humo sube lento, perdiéndose en el aire frío de la tarde. Lo mira desaparecer como si en esa nube gris también se fueran los años que pasó junto a su padre y una vida entera girando alrededor de él.
La casa, por primera vez en mucho tiempo, está en calma. Solo que ese silencio extraño no se parece al descanso.
— Sueño con vivir en la playa algún día, pero es un sueño lejano —dice. Un anhelo postergado mientras su madre siga necesitando sus manos para existir.
Marta Encina es el rostro de un sistema que descansa sobre el agotamiento femenino. Su historia recuerda que, mientras la corresponsabilidad familiar sea una utopía, la vejez de muchas mujeres seguirá siendo una condena de amor y esclavitud, donde el único refugio es el silencio y el único descanso llega cuando el corazón de otro decide, finalmente, dejar de latir.

