“Yo escojo seguir acá”: profesores al límite

“Yo escojo seguir acá”: profesores al límite Creada con I.A

“El agobio más que los estudiantes es el sistema”, dice Maribel Delgado, profesora de educación física en la Escuela Las Palmas, mientras se prepara un café y sus colegas asienten, en una mesa aledaña en el comedor compartido. Mismo lugar donde reciben a los apoderados, planifican clases y descansan en tiempos muertos. Los docentes lo llaman la sala de profesores.

 

Por Vicente Rojas Contador

 

Conectado a la comuna de Puente Alto a través de un puente, está el sector de Bajos de Mena, lugar en el que se encuentra la Escuela Las palmas. Donde, así como en muchos establecimientos públicos a lo largo de Chile, la carencia de recursos cae en los hombros de aquellos que tienen la noble labor de enseñar.

Son las diez de la mañana y pareciera que la estamina de los docentes es eterna. Entre gritos y risas corren los profesores de un lado a otro como si la energía que les abunda supliera la falta de tiempo, algunos disfrazados, otros preparando manualidades, todo con el fin de que los niños pasen un buen rato en el día del alumno.

En Chile, 22.949 profesores menores de 40 años han abandonado el sistema educativo, según el estudio realizado por el centro de pensamiento horizontal en 2025. Además, más del 70% lo ha hecho antes de cumplir 5 años de experiencia.

“Ser profesor acá no es solo hacer clases, es estar disponible emocionalmente todo el tiempo”, cuenta Roberto Toro, profesor de teatro y quien lleva años impartiendo clases en contextos vulnerables.

Roberto decidió reducir su carga laboral de 44 a 30 horas semanales, sabiendo el impacto económico que esto le generaría, pero entendió que era lo mejor para su salud mental. “Llega un punto en el que tienes que decidir hasta dónde puedes dar sin quebrarte”, comenta el profesor de teatro.

Claudia Vergara, profesora de música en la Escuela Las Palmas desde hace 8 años y quien venía de enseñar en contextos totalmente diferentes, recalca la dificultad de abordar a niños que viven realidades que no deberían. “Los niños allá quizás no tenían tanto dinero, pero si se notaba que había familias presentes”, explica contrastando sus trabajos pasados con el actual.

La pandemia fue testigo de la precariedad que viven los alumnos, “uno piensa que esas cosas ya no pasan”, comenta Roberto al explicar que no podía hacer mucho por los estudiantes ya que, al no contar con los recursos, no podían acceder a las clases.

 

Cedrix Ampuero además de trabajar como profesor en Las Palmas, dedica sus tiempos libres a organizar salidas y actividades para los estudiantes, involucrándose al máximo en la vida escolar. Un rol que en ocasiones lo enfrenta a apoderados: “Muchas veces llegan como se dice acá:  ´poniéndote el malo´. Pero yo les explico que tenemos el mismo objetivo: que su hijo sea lo mejor posible”, cuenta Ampuero.

 

“Es que era imposible, imagínate que de repente eran 5 hermanos y tenían solo un celular, ni siquiera contaban con computador, los padres tenían que elegir a cuál le daban prioridad. Además, que de repente tenían atados en la casa y nadie prendía las cámaras, era difícil hacer clases a una pantalla negra”.

Los profesores no solo se encargan de enseñarle a los alumnos, también deben tratar con apoderados que viven en escenarios complejos, lo que muchas veces los expone a situaciones de peligro.

“Uno piensa que pudo haber estado en riesgo la vida de un docente, pero toca seguir funcionando”, cuenta Roberto, al recordar situaciones en las que sintió temor por no saber hasta qué punto podrían haber escalado algunas discusiones con apoderados.

Cedrix Ampuero además de trabajar como profesor en Las Palmas, dedica sus tiempos libres a organizar salidas y actividades para los estudiantes, involucrándose al máximo en la vida escolar. Un rol que en ocasiones lo enfrenta a apoderados: “Muchas veces llegan como se dice acá:  ´poniéndote el malo´. Pero yo les explico que tenemos el mismo objetivo: que su hijo sea lo mejor posible”, cuenta Ampuero.

Además, aclara que muchas veces las familias con las que tienen que tratar los docentes son personas con problemas sociales complejos: “Hay gente que viene saliendo de la cárcel o algunos que solo quieren que su hijo termine octavo para que los acompañen a robar”, agrega Cedrix.

La sensación de inseguridad no se termina cuando suena el timbre, algunos apoderados y profesores han sido victima de robos y asaltos afuera del establecimiento.

A un costado de la escuela existía una cancha publica deteriorada y que llevaba años siendo utilizada para consumo y venta de drogas, por lo que los docentes, tras años pidiendo fiscalización sin respuesta, decidieron cerrar el lugar y organizarlo como estacionamiento.

Cuenta que al principio tuvieron problemas con algunos vecinos, pero finalmente entendieron que era mejor eso a que la cancha esté llena de delincuentes. “Estamos todos los días acá tratando de formar a los cabros, necesitamos trabajar en un espacio seguro”, dice Cedrix. “Al final accedieron y nosotros mismos dividimos los estacionamientos”, agrega.

 

La normativa no ataca el problema

La Ley de Aula Segura permite a los establecimientos expulsar a los estudiantes que han estado involucrados en hechos de violencia, pero les exige acreditar que hayan implementado todas las medidas preventivas antes de llegar a esa instancia. Lo que en la práctica pareciera no ser tan viable, debido a que las exigencias de las escuelas demandan tanto tiempo que no es factible ir registrando todo.

Para Roberto Toro tanto la ley de Aula segura como la ley de Escuelas protegidas, que actualmente está en tramitación —Y que de aprobarse permitiría que se les revisen las mochilas a los estudiantes entre otras facultades— son solo medidas parches que no atacan el problema de fondo.

“Hay veces uno intenta todo por el alumno”, reflexiona Toro, sin embargo, hay muchos casos en que no se adaptan a las normas básicas de convivencia, no aprenden. “Por ejemplo, comete una agresión a un docente y además tiene un historial desde prekínder, ¿Qué mas podría hacer el profesor?”, se pregunta Roberto.

El docente añade que expulsar a un alumno de esas características es prácticamente abandonarlo pero que el sistema no da otra solución. “Okey se fue el cabro problemático, pero igual falló la educación, igual falló la escuela”, expresa, mientras se encoje de hombros con rostro resignado.

 

 

 

“Yo escojo seguir acá”

El degaste del docente no solo viene del aula o de tratar con apoderados conflictivos, también del estrés que provoca el cumplir con las exigencias evaluativas del Ministerio de Educación (MINEDUC).

El reglamento les exige cumplir con un mínimo de notas por semestre, las cuales pueden variar entre 4 y 6 por alumno dependiendo de la asignatura. Además, deben aplicar diversidad de evaluaciones como: trabajos prácticos, disertaciones, investigaciones y evaluaciones diferenciadas.

Para los docentes lo anterior es un trabajo casi imposible considerando que deben evaluar a más de un curso por nivel, donde cada uno de estos cuenta con aproximadamente 45 alumnos. El sistema exige educación personalizada en salas donde es muy difícil personalizar.

“Esta es una pega que no la valora el gobierno, no la valora nadie porque los profes que vienen acá son los que de verdad quieren estar acá. Porque hacer clases en un sistema así es realmente difícil”, asegura Cedrix.

Los docentes que llevan mas tiempo observan como varios de sus colegas no se logran adaptar: “Hay muchos que llegan a este sistema y duran una semana o a veces hasta un día. Solo este año he visto cuatro casos”, agrega Ampuero.

Para Claudia, las personas que trabajan en ese medio deben tener cierto sentido altruista, de lo contrario, sin la vocación, no podrían adaptarse. “Los profes que están acá son los buenos”, también argumenta que no se puede llegar a improvisar ya que en cualquier tiempo muerto los niños pueden perder el control. “Llegan con la mitad del enfoque a clases por los problemas que traen desde la casa”, cuenta la profesora quien apenas puede hablar debido a lo desgastada que está su garganta.

 

Los docentes que llevan mas tiempo observan como varios de sus colegas no se logran adaptar: “Hay muchos que llegan a este sistema y duran una semana o a veces hasta un día. Solo este año he visto cuatro casos”, agrega Ampuero.

 

Gran parte de los profesores sigue, a pesar de todas las complicaciones, ejerciendo su profesión en el sistema público debido a que tienen un sentido social que los hace querer estar ahí.

Cedrix no solo es uno de los profesores de educación física de la escuela, también fue un alumno, razón por la cual siente un fuerte vínculo con todos los niños del lugar. “Hay mejores escuelas con mejores condiciones que está, pero yo escojo seguir acá, porque quiero demostrarles a los cabros que sí se puede”.

El profesor de educación física usa sus tiempos libres para aportar a la comunidad estudiantil. Debido a la carencia de recursos, la escuela no realiza muchas salidas pedagógicas, por lo que Cedrix hace postulaciones a CONAF para conseguir entradas y así la escuela solo se encarga de gestionar el bus.

“Quizás no con todos, pero tú sabes que van a haber ciertos estudiantes a los que tú vas a marcar y poder ayudar. A través de la educación tú puedes cambiar vidas”, opina Claudia emocionada, tras contar la historia de una alumna con la que formó una relación sólida: “Ella ahora está en la universidad, pero me sigue viniendo a ver. Una vez me dijo que si no fuera por mi ella no estaría ahí”, agrega Claudia.

Hay alumnos que necesitan cierto apoyo en el cual van formando un lazo con el profesor más fuerte de lo normal, llegando hasta un punto en el que algunos niños llaman a sus profesores papá y/o mamá. “Es que muchos apoderados no tienen tiempo para cuidar a sus hijos y otros los tienen tirados, entonces uno se hace cargo de enseñarles lo que esta bien y lo que no”, explica Roberto.

Los docentes cumplen un rol más que fundamental en la educación pública, no solo se encargan de enseñar. También forman, acompañan y son apoyos emocionales para niños que, en ocasiones, son marginados por la sociedad.

Para ellos la jornada no termina al salir de la escuela, es un trabajo que los acompaña en sus tiempos libres y que los va desgastando lentamente, sin embargo, ellos deciden volver al día siguiente convenidos que su trabajo puede cambiarle la vida a alguien.

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