Franklin 1379, la pelota escondida

Franklin 1379, la pelota escondida

El partido cae un viernes, a eso de las 20:00 horas. Me preparo con anticipación, el viaje de Puente Alto es extenso y los 27 grados de máxima no me acompañan. De alguna forma tengo suerte, el tráfico viene en sentido contrario al mío. Hay caras largas detrás de los vidrios y el sonido de la radio es consumido por las violentas bocinas que intentan disipar la congestión. “Lo que me toca”, pienso. 

El mapa de mi celular indica que estoy en el lugar correcto, enciendo las luces de estacionamiento y busco la numeración, pero, en una revisión rápida, no se divisa ninguna cancha. Estoy en Franklin 1379 ¿Cómo que no hay cancha?

Ya son pasadas las 20:00 horas y el partido debe haber comenzado. Frente a mí hay un galpón con un portón abierto de par en par con una numeración que no es la que busco. Debajo de ésta logro divisar “ex 1379”. Sin ningún tapujo entro y camino por un pasillo de tierra, del fondo se escuchan gritos y el sonido seco de un balón que golpea el cemento. Me topo de golpe con una plaza pequeña con unas palmeras robustas, un par de bancas y columpios. El espacio rodea una cancha de cemento en muy buen estado, enrejada y con focos que llenan de luz las esquinas oscuras. “Así se vería un oasis”, pienso, pero en este en particular, el único tesoro es el fútbol.

Cóndores Chile es el primer equipo Gay-LGTBIQ de fútbol en el país. Esta organización, oriunda de Santiago Centro, dio sus primeros pasos en el año 2001, pero fue en el 2005 donde se consolidó como un espacio de contacto. “Eran instancias para poder compartir porque en ese tiempo no habían muchos lugares para entrar en contacto con los pares. El jugar a la pelota era como la excusa para poder juntarnos, echar la talla”, señaló Isaac Valdés, presidente y jugador del club.

Ya en 2007 fue cuando la cosa se puso seria. En Argentina se disputaba el XVI Mundial gay de fútbol, el cual contaba con más de 28 equipos de distintos países. En esa instancia, Cóndores terminó cuarto.

 

 

Durante estos casi dos años de pandemia se han radicado a lo social: ollas comunes, celebraciones de fin de año para niños, han colectado ropa y, anteriormente, trabajaron con la Fundación Santa Clara -institución dedicada a acoger a niños, niñas y adolescentes de todo el país contagiados con VIH-SIDA-.

 

 

 

“La mayoría de nosotros hemos sido futboleros toda la vida. La única diferencia es que al ser gay en algún momento uno no solo quiere jugar con el resto de las personas, sino que de repente quiere jugar con sus pares. Compartir, hacer un tercer tiempo que, por ejemplo, con los héteros hacemos el tercer tiempo y los chicos van a hablar de las minas, los carretes y esas cosas. Entonces nosotros hacemos el tercer tiempo y hablamos puras estupideces, pero códigos de gay”.

“CLANK”, me sobresalto. Cóndores atacaba y la pelota terminó clavada en el vértice del ángulo rival, la redonda queda boteando en el área chica y el delantero la empuja sutilmente. Con ese nivel de entrada, tomo asiento y me dispongo a mirar.

Ambos equipos tocan bien. Cóndores, por su parte, denota la sinergia de ese fútbol de barrio que juega de memoria: tocan en profundidad, rotan y se abren buscando ser siempre una opción. El arquero, como diría Juvenal Olmos, posee un pie educado: no tiene miedo de sacarse a dos, tres jugadores y apuntar al arco. De hecho, si lo pusieran de centro delantero rendiría, o de volante, lateral, da igual.

-” MUÉVANSE, MUÉVANSE. ESTÁ SOLO”, grita el arquero rival, que durante los 45 minutos que duró el encuentro no dejó de gritar. Arquero, entrenador y humorista, jugador más que integral, pero la acción no terminaba ahí. Un remate con pierna derecha a ras de suelo avanza hacia el arco rival. Un tiro venenoso. El arquero, bien parado, logró embolsar el balón y se mantuvo unos segundos en el suelo.

“¡ARRASTRADA!”, le gritaron de afuera.

“Al principio no decíamos que éramos gays. Se competía en ligas, campeonatos y cosas así. Ya después con el tiempo se empezó a visibilizar más la cosa, era así como ‘bueno, lo aceptan’. Y lo otro que se hacía era que se ganaba y se le informaba al otro equipo que habían jugado con gays. Porque en un principio igual tienen esos prejuicios de que no saben jugar, pero se fue dando súper espontáneamente. Nunca vi problema en eso”, enfatizó Valdés.

“¡OJO A QUIÉN MARCAMOS!” “¡PROBEMOS DE AFUERA!”. El marcador se encuentra 5-2 a favor de Cóndores, quienes dominan por completo el partido. Aún así deciden hacer cambios. Piernas nuevas, distinto fútbol. El calor aplastante deja de pegarme en la nuca y la luz del sol se esconde detrás del Primer Juzgado de Garantía. Todos lo agradecemos. Ya van treinta minutos de partido, el tiempo pasa rápido, pero en la cancha el tiempo es distinto: son 16 años de experiencias, de acompañamiento, de abrazos, enojos y fútbol, mucho fútbol.

“Cóndores es como una familia, más que jugadores o un equipo de fútbol. Si a alguno le pasa algo nosotros siempre estamos ahí apañando. Podemos enojarnos, pelear, pero igual estamos ahí. Yo, por ejemplo, me pasa que tengo una muy buena familia, nunca he tenido problemas y siempre he tenido contención o lo que haya necesitado, pero dentro del equipo hay personas que están más solas y nosotros terminamos siendo esa familia. Entonces esto va más allá de un equipo”.

– “¡ESTAMOS MUY ATRÁS, BUSQUEMOS MÁS ARRIBA!”

Y es que el deporte ha sido una herramienta pequeña, pero indispensable para educar a las personas. “Hay ciertos grupos que siguen pensando lo mismo que hace diez años. A veces lo toman para la chacota”. Valdés destaca la importancia que tienen los equipos grandes en desarrollar el deporte con una mirada inclusiva. De hecho, me comenta por teléfono, que en algún momento tuvieron cercanía con Colo-Colo. La pandemia estancó el movimiento físico y los encadenó a mantenerse en sus casas, haciendo resaltar que, para Cóndores, no todo es fútbol.

Durante estos casi dos años de pandemia se han radicado a lo social: ollas comunes, celebraciones de fin de año para niños, han colectado ropa y, anteriormente, trabajaron con la Fundación Santa Clara -institución dedicada a acoger a niños, niñas y adolescentes de todo el país contagiados con VIH-SIDA-.

Una pelota dividida en la mitad de la cancha termina en un fuerte trancazo, el sonido atraviesa los diminutos orificios de la reja y rebota en las paredes de concreto. La pelota sale por la línea del córner. “PERO CÓMO VA A SACAR EL MÁS GRANDE”, grita el arquero rival. Y tiene sentido. El delantero con la pelota en las manos debe rondar el metro noventa. El administrador del local sale de su oficina y enciende un cigarro. Veo la hora, el partido debe estar por terminar. El hombre se acerca a la reja, espera a que la pelota salga.

– ¡Estamos, muchachos!, exclama.

– ¡La última, tío!, le gritan desde la cancha.

Cóndores toma la pelota en mitad de cancha y un latigazo azota la bola y la imprime en el ángulo. Se acaba el partido. Hay abrazos y risas. La atmósfera ha cambiado, ya no son rivales, sino amigos. El disparo de la cámara de un celular inmortaliza aquel hito deportivo.

“¿Viste que adentro es otra cosa?, me comenta Isaac a la salida. Me dejan invitado a un evento conmemorativo por los 16 años de historia, que se realizará dentro de este mes o el próximo, no lo saben con certeza. Al corto plazo organizan una charla con cervezas en alguna botillería cercana, imagino las risas y unas botellas sudando frío. Son pasadas las 21:00, yo por mi parte preparo el éxodo. El flujo vehicular ha bajado considerablemente, la noche está fresca, ya no se escuchan apabullantes bocinas y las caras tienen otra emoción. “Lo que me tocó”, pienso.

 

Por: Esteban Fuentes Elgueta.

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