Llegaron siendo niños desconociendo cómo sería la integración en una sociedad ajena. Hoy proyectan sus vidas como profesionales en la tierra que los vio crecer. Un relato sobre el duelo migratorio, el camuflaje del acento y la lucha por ser aceptados en un Chile que ya es, definitivamente, su hogar.
Por Ismael Lagos Malliqueo.
La mañana despierta agitada en Santiago. Una capa de neblina cubre sus calles, que mezclan acentos, sueños y formas distintas de entender el mundo. Entre avenidas y estaciones del metro, jóvenes con mochilas cargadas y audífonos a todo volumen avanzan entre empujones para llegar a sus lugares de estudios.
Entre ellos, hay jóvenes migrantes todavía buscan encajar entre miradas que los identifican como los nuevos. De forma silenciosa, Chile cambia desde sus salas de clases y espacios cotidianos. Al cierre de 2023, el país albergaba a más de 302.300 niños, niñas y adolescentes extranjeros, equivalentes al 15,8% de la población migrante total. Detrás de esa cifra hay jóvenes que, entre los 10 y los 19 años, construyen su identidad mientras intentan encontrar un lugar en una sociedad que aún aprende a reconocerlos.
Para muchos, el verdadero viaje comenzó después de aterrizar. No en aeropuertos ni terminales, sino en la cotidianidad y en el intento diario de sentirse parte de un nuevo lugar. Jóvenes que llegaron desde Venezuela, República Dominicana o Haití terminaron de crecer en Chile, construyendo su identidad entre costumbres heredadas y otras aprendidas sobre la marcha. En paralelo, el país también comenzó a transformarse: en la última década, la matrícula de estudiantes extranjeros en la educación superior aumentó más de un 118%.
Johangel: Venezuela, acento y cancha
Johangel Rincón tenía 13 años cuando dejó Venezuela y aterrizó en Chile. Hoy, con 20, cursa tercer año de Pedagogía en Educación Física y habla de su vida con una tranquilidad que resume, en una palabra: “Bonita”.
Al pisar Santiago en el 2017, su llegada fue tímida. Llegó a octavo básico. Confiesa que le costó adaptarse por los choques culturales, pero con los años adquirió más que modismos. Aprendió a moverse entre grupos, a lanzar tallas, a decir palabras chilenas y a sentirse parte de algo.
El deporte fue su primer idioma compartido. Entre partidos de fútbol, básquetbol y vóleibol comenzó a relacionarse “con los cabros”, como él mismo dice, con un acento que aparece y desaparece según el lugar donde esté, ya sea con su familia o amigos.
Afuera de su casa, las palabras chilenas le salen solas. Habla rápido, dice “bacán”, se ríe fuerte y asegura que durante las Fiestas Patrias es el que más disfruta. Va a fondas, come choripanes, intenta bailar cueca, aunque en su casa nadie la baila. Johangel declara que aprendió a cantar el himno nacional como si siempre hubiese estado ahí. Declara su amor por el país que lo acogió, — Sí hay que defender a Chile, yo lo defiendo a muerte —afirma.
Pero al cruzar la puerta de su casa, algo cambia. El acento venezolano vuelve un poco más nítido y su padre todavía lo mira con sorpresa cuando lo escucha hablar chileno. En la mesa siguen apareciendo platos venezolanos, aunque mezclados con comida chilena, como si incluso la cocina reflejara esa identidad compartida que fue construyendo con el tiempo.
Johangel no habla de adaptación como un sacrificio. Habla de adolescencia. De crecer aquí. De haber aprendido quién era mientras aprendía también las reglas no escritas del país. Ya tengo dos países, dice. Pero cuando imagina el futuro, no piensa en volver. Piensa en graduarse, trabajar y seguir viviendo en Chile. Irse ahora, asegura, sería comenzar de cero otra vez. — Chile es mi hogar —asegura con una sonrisa.
Era tarde-noche y Michell Rodríguez volvía del trabajo mirando por la ventana, rodeada del ruido habitual. El ambiente parecía el de cualquier otro día. Cuando pidió la parada, el chofer siguió de largo. Michell se acercó para avisarle con calma. No alcanzó a decir mucho más. Y recibió una respuesta inmediata por parte del conductor:
—¡Venezolana de mierda! —le gritó.
Michael: Haití, República Dominicana y Chile
La historia de Michael es distinta. Tiene 19 años, nació en República Dominicana y es hijo de padres haitianos. En su casa se mezclan el creole y el español. Afuera, en los pasillos de la universidad, su acento cambia para relacionarse con sus amigos, entre bromas y jergas chilenas. A veces siente que pertenece a todos lados y a ninguno al mismo tiempo.
— Me siento dividido, no me siento de un solo lugar —admite.
Llegó a Chile en 2017, cuando tenía apenas diez años. Hoy estudia su segundo año de Ingeniería Comercial y habla del país con la naturalidad de alguien que creció aquí: disfruta del 18, come sopaipillas y completos, aprendió a bailar cueca y asegura que muchas veces se siente “como si hubiera nacido acá”. Pero dentro de su casa todavía sobreviven las costumbres familiares: las mismas comidas, las conversaciones mezcladas entre idiomas y una identidad que nunca terminó de instalarse completamente en un solo territorio.
Michael aprendió a habitar esa mezcla sin renunciar a ninguna parte de sí mismo.
— No pierdo mi origen ni mis costumbres, pero también me adapto a lo que hay — dice. Durante años fue más callado y solitario; en Chile, asegura, comenzó a soltarse. Descubrió que el fútbol, las conversaciones y la vida universitaria podían convertirse en una forma de pertenecer.
Su historia refleja una identidad construida en movimiento, algo que especialistas describen como un proceso dinámico, marcado por la adaptación y el entorno social. Pero Michael prefiere explicarlo de forma más simple: sentirse chileno también es “tirar tallas”, compartir con amigos y encontrar, entre idiomas y culturas distintas, una manera propia de estar en el mundo.
Michell: Venezuela, Chile y hogar
La micro 210 avanzaba rumbo a La Florida mientras Santiago comenzaba a vaciarse. Era tarde-noche y Michell Rodríguez volvía del trabajo mirando por la ventana, rodeada del ruido habitual. El ambiente parecía el de cualquier otro día. Cuando pidió la parada, el chofer siguió de largo.
Michell se acercó para avisarle con calma. No alcanzó a decir mucho más. Y recibió una respuesta inmediata por parte del conductor:
—¡Venezolana de mierda! —le gritó.
Dentro del microbus se podía sentir el silencio incómodo. Nadie reaccionó. Algunos pasajeros siguieron mirando el celular, otros simplemente fingieron que nada ocurría. Michell decidió no responder. Sintió que cualquier palabra podía empeorar la situación. La micro siguió avanzando mientras ella intentaba contener la incomodidad.
Michell baja el tono de su voz, también su mirada. Dice que después de eso comenzó a sentirse más vulnerable en espacios públicos. Durante un tiempo evitó reclamar ante alguna situación incómoda. El episodio del bus se repitió, pero prefería callar y esperar el siguiente paradero antes que volver a exponerse.
Aun así, Michell no habla de Chile desde el resentimiento. Tiene 23 años, estudia Ingeniería en Minas y lleva nueve años viviendo en el país. Aquí terminó de crecer, hizo amistades, encontró una pareja y comenzó a imaginar su futuro profesional. Dice sentirse chilena cuando comparte un asado, va a fondas durante Fiestas Patrias o pasa el 18 rodeada de amigos.
— Me sentí una más —recuerda.
En su casa todavía sobreviven rituales que la conectan con su origen: desayunar arepas, compartir café en familia y saludar siempre de beso y abrazo. Venezuela sigue presente en las playas que extraña, en los abuelos que quedaron allá y en los recuerdos de infancia que todavía conserva intactos.
—Mi corazón está en ambos lados —declara.
Michell representa a una generación que creció entre dos países y que, pese a haber estudiado, trabajado y construido vínculos en Chile, todavía enfrenta miradas que reducen su identidad únicamente al acento. Su historia habla de integración y también del desgaste de tener que demostrar constantemente que pertenece.
Ninguno nació en Chile, pero los tres hablan del 18 de septiembre como si fuera una fecha propia. Entre fondas y acentos mezclados, Johangel, Michael y Michell construyeron una pertenencia que no aparece en los papeles ni en las estadísticas.
Crecer en otro país no significó dejar atrás el origen, sino aprender a convivir con más de una identidad. Hoy, Chile es el lugar al que llegaron y donde crecieron, hicieron amigos, comenzaron a imaginar su futuro y dónde están creando su propia historia.

La identidad de un migrante
Para la psicóloga Camila Urrea, crecer entre dos culturas implica una construcción de identidad mucho más dinámica que la de otros adolescentes. Explicando que el sentido de pertenencia se va moldeando según el entorno, la familia y la forma en que la sociedad recibe a quienes llegan desde otros países.
El sentirse aceptado y parte de un grupo es tremendamente importante para la autoestima y pertenencia, señala. Por eso, experiencias cotidianas como hacer amigos, integrarse o participar de algún grupo pueden marcar profundamente la manera en que un joven migrante se percibe a sí mismo.
Urrea advierte que la discriminación puede afectar ese proceso.
—Hay una sensación de ser diferente, de no estar dentro de la norma —explica.
Sin embargo, cuando existe integración y reconocimiento, la identidad deja de vivirse como una fractura y comienza a transformarse en una experiencia compartida entre el origen y el lugar donde se crece.
Los tres crecieron aprendiendo las costumbres de Chile y representan las nuevas formas de pertenecer y construir una identidad que convive con sus propios orígenes, pero que, como ellos mismos lo definen, la sienten en la piel.

